Por Bohdana Batsko
Escribo estas líneas desde la capital de México, donde me encuentro con mi equipo del centro de pensamiento ucraniano Transatlantic Dialogue Center, con el objetivo de sensibilizar sobre Ucrania. Estamos aquí para establecer vínculos y aterrizar un diálogo que sea sincero y duradero, cerrando ese vacío de entendimiento que existía entre nuestras naciones. Y en ese intento me encontré con algo que me impresionó de verdad. A pesar de la distancia, nuestras sociedades se parecen más de lo que pensaríamos. En momentos duros reaccionamos parecido: nos organizamos y nos cuidamos.
Es sabido que buena parte de la sociedad civil mexicana se consolidó después del terremoto de 1985, y esa respuesta ciudadana me provoca empatía inmediata. En Ucrania también hemos visto que el poder de la sociedad depende mucho de la capacidad de la gente común para organizarse cuando todo se vuelve vulnerable. El 24 de febrero de 2022 cambió nuestra vida para siempre. Nos despertamos con explosiones y con las noticias de que nuestro país estaba siendo atacado desde distintos frentes. Platicando con mis compatriotas sobre esas primeras horas del horror, muchas coincidimos en lo mismo: el miedo paralizante de preguntarse: “¿será este el fin?”; de pronto se transformó en una chispa de urgencia: “¿qué me toca hacer a mí?”. Esa voluntad colectiva de querer ser útiles fue lo que nos permitió movilizarnos ante la amenaza y sobrevivir como sociedad. Personas que nunca habían pensado en logística aprendieron rutas de evacuación. Quienes no tenían relación con el Ejército empezaron a conseguir cascos, drones, botiquines. Se armaron redes para sacar familias de zonas bajo ataque, encontrar medicamentos, alojar a personas desplazadas, traducir información y recaudar dinero. Se trabajó rápido porque no había alternativa. Para nosotras no fue una sorpresa total. Ucrania ya tenía ese músculo, aunque nadie quisiera ponerlo a prueba así.
Lo que se vio en 2022 no salió de la nada. Viene de una historia larga de organización y de una desconfianza muy sana hacia cualquier autoridad que abuse del poder y lo ponga contra la sociedad. Pienso en 1990 y en la Revolución del Granito, cuando estudiantes salieron a protestar contra el régimen soviético. Ucrania todavía era una república soviética y, aun así, se escuchó una idea que no se calló después: la gente también manda y la democracia se construye metiéndose.
Ahí es donde nos parecemos tanto. Amamos las estructuras horizontales. No esperamos sentadas a que el gobierno resuelva. En tiempos de relativa paz trabajamos sin descanso defendiendo derechos humanos, impulsando la igualdad de género y ejerciendo una vigilancia estricta sobre el uso de los recursos públicos. Con la guerra, la lista de tareas se volvió infinita. Ahora también cuidamos a veteranos, apoyamos a las desplazadas y planeamos la reconstrucción desde abajo.
Vivir en la incertidumbre te mueve, pero también te expone. En Ucrania, la invasión rusa ha profundizado los riesgos que ya existían para mujeres y niñas. En los territorios ocupados por Rusia se han denunciado patrones de violencia y abusos contra la población civil, incluida la violencia sexual, como parte del control y la intimidación. El desplazamiento forzado también ha tenido un impacto desproporcionado, con más carga de cuidados no remunerados, más barreras para trabajar y más presión económica en los hogares. Aun con todo eso, muchas mujeres ucranianas han pasado de estar en el centro del golpe a estar al frente de la respuesta, organizando apoyo, sosteniendo comunidades y empujando la resiliencia del país.
No somos víctimas pasivas. Nuestra presencia en las decisiones de gestión y seguridad no para de crecer. Hoy más de 70 mil mujeres sirven en las filas de las Fuerzas Armadas de Ucrania, una cifra que pulveriza cualquier estadística previa a la invasión y que demuestra que la defensa de la patria también nos pertenece. Al mismo tiempo, mientras muchos hombres están en el frente, nosotras hemos multiplicado nuestra capacidad financiera para sostener a nuestras familias y comunidades, asumiendo roles de liderazgo. Nuestra vulnerabilidad es real, pero nuestra fuerza colectiva es imbatible.
A veces me preguntan qué buscamos exactamente con estos encuentros en México. La respuesta es simple: que Ucrania deje de ser una guerra lejana y se vuelva una conversación seria. Que haya más vínculos entre nuestras organizaciones, más intercambio de experiencias y más cooperación concreta.
En México he visto una sensibilidad muy clara hacia la dignidad y hacia la organización ciudadana. Eso importa. Porque en Ucrania la resistencia también se juega en esa cancha: en cómo nos cuidamos, en cómo exigimos justicia, en cómo evitamos que la violencia se normalice.
El camino es largo. No tengo una frase bonita para cerrar, pero sí una convicción. Si algo nos sostiene es esto: cuando las mujeres se organizan, el país aguanta. Y cuando la sociedad civil se mueve, la historia se vuelve menos cómoda para los autoritarios.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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