Por Adriana Sandoval
La pirámide alimentaria de nuestra infancia era clara y autoritaria: come pan, arroz y pasta como si se fueran a acabar; incluye grasas con culpa y si algo sabe demasiado bien, probablemente es pecado. Crecimos creyendo que comer sano era una prueba de carácter y que la felicidad estaba prohibida entre semana.
La nueva pirámide o más bien, su versión moderna, menos piramidal y más sensata, llega a decirnos algo desconcertante: el problema nunca fue la comida, sino lo que le hicimos. Menos cereales refinados como base de la dieta, más verduras ocupando el lugar protagónico. Proteínas de buena calidad, grasas sin culpa y azúcar… bueno, el azúcar vuelve a su lugar natural: ocasional, no protagónica.
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