Por Amy L. Glover Drake

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Para el presidente Xi Jinping ha sido un año en el que ha recibido regalos inesperados por parte de Estados Unidos. Sobre todo, la decisión de atacar a Irán ha implicado una sobre extensión de la fuerza militar estadounidense que quitó el foco de los temas en el Pacífico. Además, el presidente Donald Trump recibe a su rival en un momento de debilidad doméstica. La encuesta más reciente de Reuters indica que su tasa de aprobación cayó a 32%, y la alza en los precios de hidrocarburos y en los supermercados debilitan al mandatario rumbo a las elecciones de medio término del 3 de noviembre.  

Lo que no le gusta al gobierno chino es presenciar tanta inestabilidad en el mundo, algo que aumenta los riesgos y los retos de planeación. Por lo mismo, como recalcó mi colega Rina Mussali Galante en nuestra más reciente conversación en su programa Vértice Internacional, la mejor noticia de esta visita es el hecho de que será la tercera conversación cara a cara entre los líderes de China y EUA en los últimos 12 meses. Dado que hay tantos desafíos a nivel global —entre ellos el cambio climático, la adopción y regulación de la Inteligencia Artificial (IA), y múltiples conflictos bélicos— asegurar que se mantengan abiertos los canales de comunicación entre estos dos poderes tiene un gran valor en sí mismo, más allá de si terminan en acuerdos específicos o no. 

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