Por Anna Rebecca Gonzalez Palafox
Una de las causas de muerte más comunes en México es por hechos de tránsito. Estos cobran la vida de más de cuatro mil personas cada año, según el INEGI. Los informes presentados en el 1er Encuentro Nacional de la Coalición Movilidad Segura indican que los costos de las lesiones y muertes de tránsito en México para 2019, representan un 1.75% del PIB, es decir, un total de 400 billones de pesos al año.
¿Qué está pasando en nuestras ciudades y en nuestras calles?
Luchando por continuar, las ciudades se mueven a un ritmo colosal, un ritmo que subsumido en el reloj de los procesos productivos, exige igual cadencia de los movimientos y los desplazamientos humanos. La ciudad se vuelve el espacio de la eficiencia, de la inmediatez y de la velocidad, y los cuerpos también.
La paradoja del cuerpo humano y su movimiento: éste, orillado al estado de reposo, carente, se desconoce a sí mismo en su fortaleza. Se reconoce débil, lento, pequeño, fatigable, sobre todo aquí ante las distancias y los desplazamientos que el mundo exige.
El cuerpo humano no puede solo, entonces el automóvil está ahí; con su eficiencia, con su rapidez, con su inmediatez; convirtiéndose a cada momento, en un imaginario de personal y social: tener un auto, y llegar rápido (y a donde sea) a costa de lo que sea.
Es paradójico en tanto que, en la realidad más próxima temporal y espacialmente, esa aspiración personal se vuelve tan sólo un anhelo pero también un peligro. Porque llegar rápido requiere velocidad, pero destreza. La creencia de que el automóvil es el símbolo del progreso, el imaginario cultural construido a su alrededor que lo antepone como solución para llegar, ha construido una forma peligrosa de vivir el espacio.
Llegar siempre más rápido y más cerca nos está matando. Y aquí nos preguntamos ¿cómo pudimos llegar hasta aquí? ¿de la creencia en un estilo de vida a la de un estilo de muerte?
Las creencias y los imaginarios han contribuido a la configuración de muchas malas prácticas creadas alrededor del volante: el sentimiento de que la calle es de propiedad personal, el uso de distractores como el celular, comer, maquillarse o hacer alguna otra actividad mientras se maneja, el uso de alcohol o de estupefacientes y exceder los límites de velocidad, entre otras.
Sobre esto último; los excesos en los límites de velocidad y las ambigüedades sobre su control son las problemáticas que hoy en día representan un mayor peligro. El exceso de confianza y velocidad, aunado a la creencia de que comprar un auto es comprar el derecho de uso preferente de la calle, están causando más muertes y lesiones de las que nos imaginamos.
¿Cómo pudimos llegar hasta aquí? ¿de la creencia en un estilo de vida a un estilo de muerte?
Situándonos en una perspectiva sumamente analítica: todo ha contribuido. Cuando los autos surgieron a principios de 1900 la promesa era llevarte más lejos y más rápido; lo cumplieron, pero los contextos eran sumamente diferentes, el sistema económico lo requería. Actualmente el automóvil puede prometerte llegar más lejos sí, pero ¿más rápido? ¿Más seguro? ¿Más eficiente? ¿Más sostenible? Eso no podemos asegurarlo y necesitamos discutirlo.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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