Por Carmen Rosillo*
Hay espacios en los que una entra y se da cuenta muy rápido de quién falta. A mí me pasa seguido en el mundo del emprendimiento y la tecnología.
En una mesa puede haber diez fundadores y una o dos mujeres. En una conversación sobre inversión, algo parecido. En un panel sobre inteligencia artificial, salud o servicios financieros, muchas veces seguimos siendo pocas.
Y no lo digo desde una lógica de que “deberíamos estar porque toca”. Lo que me parece más interesante es preguntarnos qué pasa con lo que construimos cuando hay menos mujeres participando en esas decisiones.
Los datos ayudan a ponerle dimensión. De acuerdo con el reporte Women in Entrepreneurship, de Endeavor México, publicado en mayo de 2026, las mujeres lideran 37% de los emprendimientos en México, pero su presencia cae mucho conforme las empresas crecen y acceden a más capital: entre las 100 empresas de rápido crecimiento más financiadas del país, solo 8% de las personas fundadoras son mujeres.
En tecnología, la diferencia también es clara: solo 23% de las organizaciones cuenta con alguna mujer dentro del equipo fundador y apenas 9% tiene una fundadora única o un equipo fundador integrado únicamente por mujeres.
Para mí, la pregunta interesante no es si las mujeres quieren emprender.
Claramente emprenden. La pregunta es qué pasa en el camino y, sobre todo, qué dejamos de construir cuando hay menos mujeres llegando a los espacios donde se decide qué problemas vale la pena resolver.
Porque una empresa de tecnología no solamente crea un producto. También decide para quién se construye, qué experiencia importa, qué necesidad merece atención, qué se considera urgente y qué puede esperar. Ahí es donde la ausencia de ciertas miradas empieza a importar.
Durante años hemos visto productos, servicios y tecnologías que funcionan muy bien para una parte de la población y bastante menos para otra. No necesariamente por mala intención. Muchas veces ocurre simplemente porque quienes los diseñaron compartían experiencias parecidas.
Es como iluminar una habitación siempre desde el mismo lugar. Puedes verla bastante bien, pero inevitablemente habrá rincones que queden en sombra. Eso pasa también con la tecnología. Alguien decide qué datos se recogen, qué comportamiento se considera “normal”, qué problema parece suficientemente grande como para invertir en él y qué necesidad todavía puede esperar.
Cuando hay menos mujeres participando en esas decisiones, algunas experiencias tardan más en hacerse visibles. La salud de las mujeres es un ejemplo muy claro. Durante mucho tiempo temas como la menopausia, la fertilidad, la salud hormonal o la recuperación después del parto se trataron como asuntos demasiado específicos. Pero no lo son. Afectan a millones de personas. Tal vez muchas de esas necesidades siempre estuvieron ahí; lo que faltaba era alguien suficientemente cerca del problema para verlo y pensar: esto también merece una solución.
Y ahí es donde para mí se vuelve interesante hablar de mujeres y emprendimiento. No solamente porque queramos ver más mujeres fundando empresas, sino porque cuando cambia quién está construyendo, también cambia lo que somos capaces de ver. Cambian las preguntas, cambian los problemas que parecen importantes y aparecen soluciones que quizá antes ni siquiera estaban sobre la mesa.
Por supuesto, tener más mujeres no garantiza automáticamente mejores empresas ni mejores productos. Sería demasiado simple pensarlo así pero sí amplía la cantidad de experiencias desde las que intentamos resolver problemas.
Y en tecnología eso importa mucho, porque decisiones que hoy parecen pequeñas terminan formando parte de nuestra vida cotidiana: cómo accedemos a salud, cómo ahorramos, cómo compramos, cómo trabajamos, cómo aprendemos o cómo nos movemos.
También hay una parte mucho más práctica: crecer una empresa requiere capital, redes y acceso a personas que ya recorrieron ese camino. Un estudio de BID Lab sobre mujeres emprendedoras en ciencia y tecnología en América Latina encontró que 38% de las encuestadas señaló la falta de financiamiento como el principal obstáculo para hacer crecer sus empresas. También identificó como retos importantes el acceso a inversionistas y la negociación para obtener capital.
Por eso no alcanza con decir “necesitamos más mujeres emprendiendo”.
También importa construir condiciones para que esas empresas puedan crecer: mejores redes, más acceso a capital, más personas dispuestas a abrir puertas y más mujeres participando también en las decisiones de inversión.
Y aquí también quiero reconocer algo de mi propia experiencia. Yo he vivido una versión privilegiada de este camino. Hoy construyo al lado de un cofundador hombre que me ha dado mi lugar, ha compartido decisiones, espacio y visibilidad conmigo, y con quien he podido crecer sin tener que pelear todos los días por estar sentada en la mesa.
Sé que no todas las mujeres viven eso. Yo misma no siempre lo viví así.
Hace diez años, en la primera empresa que cofundé, mi experiencia fue prácticamente la contraria: sentía que tenía que defender mi lugar constantemente.
Quizá por haber vivido los dos extremos puedo ver con más claridad cuánto cambia todo cuando una mujer no tiene que gastar energía demostrando a diario que merece estar ahí y puede usar esa energía para construir, decidir, aprender y crecer.
Llevo años construyendo empresas y todavía entro a espacios donde somos pocas mujeres. Antes quizá simplemente lo notaba. Hoy me genera más curiosidad, porque cada vez pienso menos en cuántas mujeres hay en la habitación y más en qué cambia cuando hay más: qué preguntas aparecen, qué temas se ponen sobre la mesa, qué problemas alguien detecta porque los vivió de cerca y qué empresas pueden existir gracias a eso.
La tecnología termina pareciéndose mucho a quienes la construyen. No porque alguien decida conscientemente dejar fuera otras experiencias, sino porque todos vemos el mundo desde lo que conocemos. Por eso, ampliar quién participa no es solamente un tema de representación.
También es una manera de ampliar lo que somos capaces de ver.
Y quizá ahí está la oportunidad más interesante: no se trata de llenar una silla. Se trata de sumar más miradas a la mesa donde estamos decidiendo qué problemas del futuro vale la pena resolver.
*Cofundadora y COO de Koltin, una empresa que está redefiniendo la forma en que las personas mayores acceden a la salud mediante un modelo que integra tecnología, atención médica y seguro de gastos médicos mayores.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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