Por Carmen Rosillo*
audio-thumbnail
Audiocolumna
0:00
/315.888

Hay frases que empiezan como un cumplido y terminan convirtiéndose en una responsabilidad. “Estás abriendo camino” es una de ellas. La primera vez que alguien me lo dijo seguramente contesté: “Gracias”, y seguí con mi vida. Pero, conforme lo he escuchado más veces, de mujeres más jóvenes, de personas de mi equipo, de amigas o incluso de gente que apenas conozco, la frase empezó a significar algo distinto.

Porque una cosa es que alguien te diga que admira lo que haces. Y otra muy diferente es darte cuenta de que alguien está viendo lo que haces para imaginar lo que ella también podría hacer. Ahí cambia un poco todo.

Mi reacción muchas veces es pensar: “Si supieras todo lo que todavía estoy tratando de resolver”. Tengo 36 años, estoy construyendo una empresa, aprendiendo a ser mamá, tratando de ser mejor líder, tomando decisiones con información incompleta y equivocándome bastante más de lo que seguramente se ve desde fuera. Hay días en los que me siento muy segura de lo que estoy haciendo y otros, diría que la mayoría, en los que siento que estoy improvisando con bastante buena cara.

Y entonces alguien me dice: “Verte ahí me hace pensar que yo también puedo”. Y ahí aparece una responsabilidad para la que nadie me preparó.

Durante mucho tiempo mi ambición fue bastante personal. Quería salir adelante, construir algo grande, demostrarme que podía hacer cosas que en algún momento pensé que quizá no eran para mí, o que incluso me dijeron que no eran para esa niña de 15 años con ganas de comerse el mundo. No estaba pensando en abrir camino para nadie. Estaba intentando abrir el mío.

Pero hay algo curioso que pasa cuando avanzas: algunas puertas que logras abrir ya no se cierran completamente detrás de ti. Alguien las ve. Alguien pregunta cómo llegaste. Alguien descubre que esa habitación existía. Y quizá abrir camino se parece menos a ir adelante con una bandera y más a dejar una puerta un poquito más abierta para quien viene atrás.

Esa idea me hace mucho más sentido.

Porque también me hace ruido pensar que, por ser mujer en ciertos espacios, de pronto tengas que representar a “las mujeres”. Me parece una responsabilidad imposible. No todas pensamos igual, no queremos lo mismo, no tenemos la misma historia y, definitivamente, no tomamos las mismas decisiones.

Ser una mujer en una posición de liderazgo tampoco significa tener que hacerlo todo bien. Puedo equivocarme, cambiar de opinión, tomar una mala decisión, tener días malos y seguir aprendiendo. De hecho, creo que también hace falta normalizar eso. Si para abrir camino tenemos que convertirnos en una versión impecable de nosotras mismas, entonces el camino sigue siendo bastante estrecho.

Para mí, la responsabilidad está en otro lado. Está en preguntarme qué hago ahora que tengo acceso a ciertos espacios. A quién recomiendo. A quién presento. A quién escucho. A quién invito a una conversación. A quién le digo: “Levanta la mano, yo creo que puedes hacerlo”. Y también, quizá más difícil, cuándo me hago a un lado para que alguien más pueda ocupar espacio.

Durante años escuché eso de “si puedes verlo, puedes serlo” y me parecía un poco una frase de póster. Hoy lo entiendo distinto. No creo que necesitemos convertir a todas las mujeres que llegan a posiciones de liderazgo en modelos a seguir. Lo que sí creo es que necesitamos ver muchas formas distintas de llegar.

Una fundadora. Una científica. Una directora. Una mujer que decide ser mamá. Otra que decide no serlo. Una que quiere construir una empresa enorme y otra cuya ambición se ve completamente diferente. Mientras más ejemplos existan, menos excepcional se vuelve cada uno.

Y quizá ahí está el punto.

En que algún día una mujer entre a una sala llena de fundadores y no tenga que notar inmediatamente que es una de las únicas dos mujeres ahí. En que una niña no piense que cierto trabajo “no es para ella”. En que estar en ciertos lugares deje de sentirse extraordinario.

También he entendido que abrir camino no necesariamente ocurre en grandes momentos. Muchas veces pasa en decisiones bastante pequeñas dentro de una empresa: quién habla primero en una reunión, a quién interrumpimos, quién recibe el crédito, a quién promovemos, quién tiene acceso a conversaciones importantes o a quién le damos una oportunidad antes de que tenga el currículum perfecto.

Nada de eso parece revolucionario por sí solo, pero creo que los caminos también se construyen así: decisión por decisión.

Yo no elegí conscientemente convertirme en alguien que “abre camino”. Y todavía me sorprende un poco cuando alguien me lo dice, porque una parte de mí piensa: “Yo también sigo buscando el mío”.

Pero quizá ambas cosas pueden ser verdad al mismo tiempo.

Puedes seguir descubriendo tu propio camino y, sin darte cuenta, hacerlo un poco más transitable para alguien más.

Y creo que eso es lo que más estoy entendiendo de esta etapa. No tengo que ser el ejemplo perfecto ni tener todas las respuestas. Pero sí puedo ser más consciente de qué hago con el lugar que hoy ocupo.

Porque, al final, quizá abrir camino no se trata de que alguien llegue exactamente a donde tú llegaste. Se trata de que tenga más opciones para elegir hasta dónde quiere llegar.


Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


Mujeres al frente del debate, abriendo caminos hacia un diálogo más inclusivo y equitativo. Aquí, la diversidad de pensamiento y la representación equitativa en los distintos sectores, no son meros ideales; son el corazón de nuestra comunidad.