Por Cecilia Espinosa Bonilla*
En educación solemos hablar de resultados, de cobertura, de innovación, de tecnología. Sin embargo, pocas veces nos detenemos en una palabra que, a mi juicio, lo sostiene todo: el cuidado. La escuela, en su sentido más profundo, es un espacio de protección. Es el lugar donde niñas, niños y jóvenes deberían sentirse seguros para aprender, equivocarse, preguntar y desarrollar al máximo su potencial. Cuidar es, quizá, su misión más esencial. Pero si reconocemos que la escuela está llamada a cuidar, surge una pregunta inevitable: ¿quién cuida a quienes cuidan?
Cuidar la educación no es un eslogan ni una aspiración abstracta; es una manera concreta de tomar decisiones y de asumir responsabilidades. Implica preguntarnos qué necesitan hoy nuestras niñas, niños y jóvenes para desarrollarse plenamente, y qué necesitan también sus maestras y maestros para sostener su vocación.
La humanidad enfrenta varias crisis: económica, social, política, cultural, sanitaria, climática y ética. Hemos construido un mundo profundamente interconectado y, al mismo tiempo, frágil. En ese contexto, el cuidado dejó de ser una virtud privada para convertirse en un principio público. Si el cuidado es el paradigma para la supervivencia de nuestra especie, en educación debe convertirse en el criterio básico para cada decisión: el cuidado en la transversalidad de la vida de la escuela.
Cuidar la educación significa cuidar a quienes la hacen posible. No podemos hablar de calidad ni de transformación si ignoramos el bienestar físico, emocional y profesional del magisterio. Un sistema que sobrecarga, desconfía o abandona a sus docentes termina erosionando su propia base. Necesitamos liderazgos capaces de escuchar, de generar condiciones dignas de trabajo, de promover formación continua con sentido y no solo como exigencia administrativa. Cuidar al docente es proteger el corazón del aula.
Para cuidar la educación también es prioritario garantizar que las niñas y los niños adquieran los aprendizajes fundamentales, aquellos que hacen posible el pensamiento crítico y su desarrollo pleno para la vida. La lectura, por ejemplo, no es un contenido más del currículo: es la puerta de entrada al desarrollo cognitivo, a la imaginación, a la comprensión del mundo y de uno mismo. Cuando un niño aprende a leer con profundidad, no solo adquiere una habilidad técnica; amplía su horizonte vital. Apostar por la lectura es un acto de equidad, porque abre oportunidades para todos y es un acto de cuidado porque acompaña el desarrollo integral de la persona.
En este mismo sentido debemos abordar la innovación y la tecnología. La inteligencia artificial y las nuevas herramientas digitales están transformando el panorama educativo. Ignorarlas sería irresponsable; incorporarlas sin reflexión ética, también. La pregunta no es si debemos innovar, sino para qué y para quién. La tecnología debe estar al servicio del aprendizaje, del pensamiento crítico y de la dignidad humana. Cuando la innovación pierde su propósito humanista, corre el riesgo de vaciar de sentido a la educación. Cuidar la educación es asegurarnos de que cada avance fortalezca, y no sustituya, lo más valioso del encuentro pedagógico.
El cuidado tiene, además, una dimensión más amplia: nos recuerda que educamos para un mundo compartido. La crisis climática y las desigualdades persistentes nos exigen formar ciudadanía capaz de comprender la interdependencia y de actuar por el bien común. Cuidar de nosotros mismos, cuidar del otro y cuidar el entorno no son aprendizajes accesorios; son competencias esenciales para habitar el siglo XXI con responsabilidad. Enseñar a dialogar, a construir acuerdos y a pensar en términos de beneficio mutuo forma parte de ese cambio de paradigma que necesitamos.
Nada de esto es un conjunto disperso de temas. Es una misma convicción expresada en distintos frentes. El bienestar docente, la lectura, la innovación con ética, el liderazgo humanista, la sostenibilidad y la equidad forman parte de una sola pregunta de fondo: ¿cómo garantizamos que la educación siga siendo un espacio de humanización y de justicia?
Para responder, retomo una frase del teólogo brasileño Leonardo Boff, a quien sigo con admiración: “O aprendemos a cuidar o perecemos”. Si no colocamos el cuidado en el centro de la escuela, corremos el riesgo de reducirla a procedimientos, indicadores o modas pasajeras. Pero si asumimos el cuidado como principio rector, podremos construir comunidades educativas más sólidas, más conscientes y más comprometidas con el futuro.
Cuidar, sin embargo, no es tarea de unos cuantos. No corresponde únicamente a la escuela ni al Estado. Es una responsabilidad compartida entre familias, docentes, directivos, organizaciones, empresas y autoridades. Porque la educación es un bien común: de ella depende la posibilidad de convivencia, de desarrollo y de justicia en nuestras sociedades. Cuando cada actor asume su parte, la escuela deja de estar sola y se convierte verdaderamente en comunidad.
Esa es la filosofía que imprime todo lo que hacemos en Fundación SM, desde la formación de los agentes educativos, el fomento de la lectura y la escritura, la investigación y los proyectos de intervención educativa en contextos vulnerables. Solo desde una responsabilidad compartida basada en el cuidado podremos sostener el sentido humanista de la educación y garantizar que ninguna niña ni ningún niño quede excluido de desarrollar su máximo potencial.
*Cecilia Espinosa Bonilla es directora de Fundación SM México.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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