Por Claudia Pérez Atamoros
En el periodismo mexicano hubo un tiempo —largo, espeso— en el que las mujeres eran nota al pie, adjetivo ornamental o, con suerte, comillas ajenas o pseudónimo. Existían, pero subordinadas: modificaban, nunca encabezaban la oración. Hasta que llegó Adela Formoso de Obregón Santacilia y se atrevió a hacer algo radical: poner a las mujeres como sujeto. No tema. No anexo. Sujeto. Con verbo propio y complemento directo. Con concordancia plena.
Adela entendió temprano que el periodismo no es solo un oficio: es una forma de ordenar el mundo. Y que quien nombra, manda. Por eso escribió, editó, organizó y dirigió con una claridad que hoy llamaríamos feminista, aunque entonces no necesitara pedirle permiso ni a la palabra ni a la corbata. Su trayectoria no fue un golpe de suerte sino una sintaxis deliberada: elegir el sujeto, conjugar el verbo y sostener el sentido hasta el punto final. Ocupó espacios, abrió otros y nunca pidió disculpas por ninguno.
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