Por Claudia Pérez Atamoros
La historia comienza con un gesto poco común en el periodismo mexicano: asumir el error sin rodeos. Juan Pablo Becerra-Acosta, director de la Gaceta de la Universidad Nacional Autónoma de México, no sólo dio la cara por una equivocación en portada, sino que la explicó con precisión. Reconoció que el desliz fue enteramente suyo: en una conversación interna con el equipo de diseño propuso que los versos de Jaime Sabines eran “desolladores” más que “desgarradores”. En el proceso de ajustar el sumario y convertirlo a mayúsculas, la palabra derivó en un imposible: “desollan”. No hubo excusas. No culpó al equipo, ni al cierre, ni a la prisa. Asumió la responsabilidad completa y, en consecuencia, presentó su renuncia. ¿Era necesaria?
Hay errores que resultan en una tilde innecesaria o ausente y que nadie los nota, ni los reclama. Y hay otros que se imprimen en la portada y dicen: aquí estoy. Mírame. Destruye al culpable. Sobre todo, cuando se hacen notar en el congal de X. ¿Alguien más lo habría notado?
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