Por Claudia Pérez Atamoros
audio-thumbnail
Audiocolumna
0:00
/523.68

A falta de padre, tres madres: retrato íntimo de una mujer sorora

Tres mujeres, una universidad pública y la memoria de quienes le enseñaron a vivir.

Un padre que se fue a comprar cigarros, como tantos otros en este país, y que todavía no encuentra la marca. Mientras tanto, Carmen Enedina Rodríguez Armenta creció rodeada de tres figuras femeninas: su madre, su tía y su abuela. Juntas hicieron familia mucho antes de que llamáramos sororidad a lo que hacían.

Ella lo cuenta así. Sin queja. Y a mí se me hace un nudo en la garganta. La escucho tan natural, tan vital, mientras pienso en esa realidad tan arraigada: el hombre ausente, el padre irresponsable, el macho mexicano. 

Según una publicación de UNAM Global que cita el Censo 2010 del INEGI, cuatro de cada diez hogares mexicanos tienen ausencia paterna. Ausencia no significa siempre abandono, pero Carmen sí conoció el abandono.

Y mientras aquel hombre buscaba quién sabe qué, ellas encontraron la forma de sostenerse como familia.

Su madre tenía epilepsia. En aquel entonces, una mujer que convulsionaba podía despertar sospechas de tener al diablo viviendo en sus entrañas. A Satanás se le cargaba —y se le carga— todo aquello que no se entiende. O es obra de él o de la brujería.

Entonces Los Mochis les quedó chiquito. La familia se marchó a Guadalajara cargando itacate y chilpayates.

Así, Carmen creció entre mujeres fuertes. Mujeronas, digo yo.

Su tía era rígida, responsable y muy trabajadora. Hacía el aseo y después entró a la cocina de la Universidad de Guadalajara. No tenía hijos y dedicó su vida a cuidar a sus sobrinos. Nada de «se sacrificó por ellos». Hizo lo que decidió y lo hizo con absoluta entrega y amor. Carmen habla de ella con gratitud y admiración. Sabe lo que significa que alguien ponga sus días al servicio de los tuyos.

De ella aprendió el valor del trabajo bien hecho. Barrer, cocinar, hacerse cargo. La dignidad de un trabajo no aumenta por el tipo de instrumentos que uno requiere para realizarlo: barrer o escribir; cocinar o dirigir una empresa. Y yo pienso que a más de uno le vendría bien recordar eso antes de pedir que le limpien la oficina o la casa.

A su abuela la recuerda alegre, cercana a la Iglesia y participativa. De ella aprendió a involucrarse con los demás, a salir de la preocupación propia para mirar qué hacía falta alrededor.

Y de su madre habla con amor. La enfermedad le dificultaba mantener un empleo estable y necesitaba ayuda. Pero en el recuerdo de Carmen también hay una mujer que bailaba mucho, que le enseñó a escuchar música y a pintar, a entender el arte. A disfrutar.

Me detengo ahí. Porque al contar la vida de una persona enferma solemos dejar que el diagnóstico se coma todo lo demás. Como si después de nombrar el padecimiento ya hubiéramos nombrado a la mujer. Y no. La madre de Carmen tenía epilepsia, pero también tenía colores, alegría y ganas de bailar. Y quería compartirlos con su hija.

Cuando Carmen habla del arte, menciona ese borde delgado entre la locura y la genialidad. Habla de crear, de mirar distinto, de pintar lo que otros no ven. La epilepsia de su madre es otra historia.

¿Y acaso la felicidad no tendrá también algo de ese permiso de salirse del orden? Una música que empieza y un cuerpo que todavía quiere seguirla. Disfrutar sin esperar a que la vida quede perfectamente arreglada. Porque, si ésa fuera la condición, nadie la viviría.

Eso también se hereda.

Carmen aprendió la sororidad al ver cómo se organizaban para criarla. Una cuidaba, otra salía a ganarse el dinero, otra acompañaba. Entre todas hicieron familia.

Ella y sus hermanos recibían el mismo trato. No creció pensando que por ser niña le correspondía una vida más pequeña.

audio-thumbnail
Audio
0:00
/8.981333

Luego entró a ingeniería. Cinco mujeres en toda la generación. La igualdad que había aprendido en casa se le descompuso al pasar lista.

Después, en el trabajo, conoció los prejuicios cotidianos. Esos que parecen comentarios sin importancia hasta que una descubre cuánto estorban: ¿cómo habrá llegado?, ¿qué habrá hecho para obtenerlo?

Tuvo que abrirse camino entre quienes ya habían decidido lo que una mujer podía hacer. Y bien sabemos que era bien poco lo que nos atribuían. Aquello de los cabellos largos y las ideas cortas seguía encontrando adeptos.

También dentro de su matrimonio quisieron decidir por ella. Se casó a los 21 años. A los 23 tuvo a su hijo y a los 25 ya estaba divorciada. 

«Era una chiquilla cuidando a otro chiquillo».

Su esposo quería que permaneciera en casa. Carmen quería trabajar, ejercer, avanzar. Había aprendido que hacerse cargo de la vida propia también era una forma de libertad.

audio-thumbnail
Audio
0:00
/51.392

La cosa, por cierto, no ha cambiado mucho. Hoy se exigen derechos, pero una iniciativa publicada en la Gaceta Parlamentaria en diciembre de 2025 recoge cifras atribuidas al INEGI: el 75% de los hijos de padres separados no recibe pensión alimenticia y el 67.5% de las madres solteras enfrenta el incumplimiento de esa obligación. Son dos poblaciones distintas. La irresponsabilidad se parece.

Es bien fácil corregir las decisiones de una mujer cuando una llega décadas después, descansada y sin el niño en brazos. A Carmen le tocó resolverlas mientras ocurrían.

La Universidad de Guadalajara le abrió las puertas para trabajar. Fue creciendo en puestos y responsabilidades. Estudió una maestría y un doctorado. La ingeniera en Computación se convirtió en la primera vicerrectora ejecutiva de esa universidad, la misma donde su tía había hecho el aseo y trabajado en la cocina.

Ahí está la movilidad social. Con parentesco, con memoria, con una mujer detrás de otra.

La tía trabajó para que los niños salieran adelante. La sobrina estudió, trabajó y llegó a participar en las decisiones de la institución que había contribuido al sustento familiar. Hubo ganas. Hubo ejemplo. Hubo una universidad pública.

Las ganas solas pueden desgastarse contra una puerta cerrada. Alguien tiene que abrirla. Y alguien tuvo que sostener a esa muchacha durante los años que necesitó para llegar hasta ella.

Por eso Carmen no cuenta su trayectoria como una hazaña individual. Sabe de dónde viene. Se reconoce en quienes limpiaban, cocinaban y cuidaban. No las deja fuera de la fotografía ahora que tiene títulos para colgar detrás.

audio-thumbnail
Audio
0:00
/42.237098

Su hijo estudió también en la Ude G y después una maestría en Ciencias de Datos en la Universidad de California en San Diego. Hoy trabaja en el sector tecnológico en California, según me cuenta. Está orgullosa. Mucho.

Pero recuerda lo difícil que fue para ambos al principio. No lo maquilla. La madre que es hoy sigue mirando a aquella chiquilla con su chiquillo.

Tal vez por eso, cuando habla de educación, dice algo que debería acompañar a todos los exámenes:

«No es lo mismo sacar un diez cuando desayunaste que cuando no desayunaste».

Tan sencillo de entender. Tan difícil de encontrar en las decisiones de quienes evalúan.

El hambre también se sienta en el pupitre. Y luego le ponen calificación.

Carmen ha trabajado en inclusión digital, en acercar la tecnología y en impulsar a niñas y mujeres en las ciencias. Fue la primera mujer en ocupar la Subsecretaría de Educación Superior de México y es la primera en dirigir el Ceneval. Marea 51 la reconoció en la categoría de Ciencia. El premio destaca su trayectoria. Aquí dejamos por escrito el trayecto. Porque el camino importa.

Cada primera vez tiene detrás muchos años. Y muchas personas que no aparecen en el nombramiento.

Ella las recuerda.

Habla de las mujeres que exigieron votar, de quienes abrieron espacios, de las periodistas que hicieron camino para otras. Sabe cuánto de su presente empezó en el esfuerzo ajeno.

Yo la escucho y pienso en esas tres mujeres.

En la tía que terminaba una jornada para seguir cuidando. En la abuela alegre. En la madre que le enseñó a pintar y que todavía encontraba ganas de bailar.

Pienso en lo que una niña aprende cuando ve a las mujeres de su familia sostener la vida. En la fuerza que recibe y en la responsabilidad de acordarse. Darles su lugar. Abrirle la puerta a alguien más.

Carmen encontró en ellas la manera de hacerse cargo de su vida.

Y, con lo que le tocó, hasta cómo gozarla.

✍🏻
@perezata

Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


Mujeres al frente del debate, abriendo caminos hacia un diálogo más inclusivo y equitativo. Aquí, la diversidad de pensamiento y la representación equitativa en los distintos sectores, no son meros ideales; son el corazón de nuestra comunidad.