Por Desiré Navarro
La violación denunciada en Cornell no retrata solo a un agresor o a un grupo de estudiantes: retrata a un sistema entero. Retrata a una comunidad universitaria capaz de mirar hacia otro lado mientras una joven, presuntamente drogada, quedaba a merced de la violencia. Y retrata también a unas instituciones que, en lugar de responder con la urgencia moral que exige un caso así, parecen haber administrado el escándalo con la lógica fría de la autoprotección.
Lo más perturbador del caso no es únicamente la agresión sexual denunciada. Lo verdaderamente insoportable es la dimensión colectiva del silencio. Que en un chat grupal de 57 estudiantes circulara información relacionada con una joven en estado de vulnerabilidad sin que nadie actuara para frenar la situación o denunciarla, no es un detalle secundario: es la prueba de una degradación ética profunda. Ahí no falló una sola persona. Falló un entorno entero. Falló la mínima noción de humanidad.
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