Por Edmée Pardo
Sabemos del bajo índice de lectores en el país. Sabemos también que a quienes leemos se nos pregunta si entendimos, qué entendimos y para qué nos sirvió. Sabemos, y nosotras somos testigas, de que en ese reducido número de lectores y entendientes nacionales, la mayoría somos mujeres. Pero si a ese pequeño grupo se le atraviesan los cambios hormonales, hay que decir que leer, a cierta edad, puede volverse una tarea cuesta arriba: casi antiestadística, casi contra natura.
Primero entendamos la complejidad biológica del proceso lector. Cuando abrimos un libro, la corteza visual reconoce letras y palabras. El lóbulo temporal procesa el sonido del lenguaje; el lóbulo parietal integra la información visual y auditiva. La corteza prefrontal, por su parte, permite comprender, relacionar, reflexionar. Es decir, un trabajo cerebral y neuronal de altísima precisión, que además requiere de alimentación adecuada en carbohidratos y grasas. Con respecto al sector femenino, las neurólogas explican que el cerebro de las mujeres se recablea en tres momentos de revolución hormonal: la menstruación, el embarazo y la menopausia. En cada uno de ellos se modifican funciones cerebrales clave y el trabajo de alta precisión pierde sincronía.
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