Por Edmée Pardo
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De ciertos autores premiados con el Nobel de Literatura no conozco nada hasta el día de la revelación. Su obra es la semilla de una curiosidad que crece al buscarla, leerla y descubrir si hay una conexión entre nosotros: entre ese libro y mi momento de lectura. A veces sí, a veces no. Pero hay otros autores que sí conozco, que he leído, y si me gustan puedo decir que celebro su galardón. Esto último es lo que me sucede con el reconocimiento a la poeta Anne Carson: me llena de gusto porque su obra me ha nutrido la cabeza y el corazón.
Supe de ella por una amiga que celebraba haber conseguido Nox en una edición preciosa de New Directions. La miré con tanto entusiasmo que Pablo me la regaló esa Navidad y, así, en pijama, abrimos la caja y desplegamos el libro por el pasillo del departamento. Cuantísima belleza en ese libro objeto: el tamaño, la fuente, la particularidad de su factura. Dado su formato de acordeón, se extiende quince metros. Lo replegamos y nos sentamos a la mesa a leerlo los dos. La alegría de abrirlo se fue convirtiendo en silencio, en golpe seco. La obra reconstruye la relación entre dos hermanos: quien escribe está viva y de quien habla está muerto. A Pablo se le murió su hermana el año en que nos conocimos, y mi hermano murió nueve años antes de eso. Dejamos el libro en la mesa, nos preparamos un café y volvimos a él.
El libro empieza con el poema 101 del poeta latino Catulo, que vivió del 87 al 57 antes de Cristo. En ese poema, Catulo honra a su hermano muerto, y Anne, quien se gana la vida enseñando griego antiguo, se da a la tarea de traducirlo palabra por palabra mientras va entreverando la relación distante con su propio hermano. Eso hicimos el 25 de diciembre de ese año: atravesar la réplica del epitafio que Anne hizo para su hermano en forma de libro, y atravesarnos a nosotros, abrazarnos con la poesía, decirnos cosas que no habíamos dicho por falta de oportunidad. La edición, que simula una caja de recuerdos, con cartas, fotos y documentos, nos permitió buscar imágenes digitales de los hermanos, evocar recuerdos y guardar un silencio lleno de presencia, sabiendo que jamás terminamos de conocer a nuestros amores.
Luego seguí sola con Autobiografía de Rojo, una novela en verso que reconstruye y reinterpreta el mito griego de Gerión, un monstruo rojo que aparece en los trabajos de Heracles. La novela sucede a finales del siglo veinte, primero en Norteamérica y luego en Perú. También aparecen dos hermanos, y también me abrió de nuevo y se quedó dentro de mí. La seguiré leyendo, más ahora que habrá nuevas ediciones al alcance.
Cuando vi la foto de ella en pijama, escuchando por el celular la noticia de que le habían otorgado el premio, amplié la imagen para verla sin el glamour de las fotos de contraportada. Una mujer delgadísima en una cocina pequeña, de uso frecuente: plátanos en el frutero, refractarios, y el refrigerador lleno de papeles sujetados con imanes. Sonreí al ver que lo enorme cabe en lo pequeño.
No me fascina Anne Carson por ser un gran poeta, académica de las letras erudita de la literatura clásica. Yo no leo para alabar la literatura. Amo su trabajo por lo que hace conmigo: me seduce, me revuelca, me sorprende, me abraza, me despoja y me enseña a quedarme así, sin apuro.


Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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