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Hay un mapa narrativo que la humanidad ha contado desde que existen las fogatas: un héroe vive en calma, algo rompe esa calma, cruza un umbral del que no puede regresar igual, enfrenta pruebas, encuentra aliados, pierde cosas que no recuperará nunca, y vuelve transformado. Joseph Campbell lo nombró como "el viaje del héroe", y Hollywood lo convirtió en fórmula. Pero esta semana, leyendo decenas de testimonios que llegaron a Zoé Te Escucha de mujeres sobrevivientes de cáncer de mama, entendí que ese mapa está presente en cada uno de los relatos. Ese camino se lo inventó la vida, y estas mujeres lo recorrieron sin saberlo.

Una tarde cualquiera, una mano que se pasa por el pecho sin pensar en nada, una cena con su mamá. Corina lo cuenta así, un domingo de agosto, sintiendo "algo duro" mientras cenaba. Lo dejaron pasar. Al día siguiente ya no.

Y así empieza el llamado a un viaje que nadie pidió: una bolita, un dolor que no se va, un birads que sube de número como si fuera un examen que se reprueba sin estudiar. Y casi siempre, antes del diagnóstico, hay alguien que duda. A Irene un doctor le dijo que estaba "sugestionada". Tuvo que ir con otra médica, pedir una carta, insistir, para que por fin alguien la escuchara. El umbral del cáncer no siempre se cruza con un diagnóstico: primero hay que cruzar el umbral de que te crean.

Día del Sobreviviente
Día del sobreviviente de cáncer. Sube la foto de un ser querido y celebra su vida.

Después llega el mentor, la figura que en el monomito siempre aparece justo cuando el héroe más lo necesita. A veces es una doctora que manda una carta. A veces es Daniela, una mamá del colegio que sin saberlo le salvó la vida a otra madre con un solo consejo incómodo. A veces el mentor ni siquiera es una persona: es la fe, es Dios, es una fundación, es un grupo de mujeres que ya hicieron ese mismo camino y que, sin proponérselo, se convierten en lo que Campbell llamaría aliados, y lo que ellas llaman, sin metáfora alguna, "no estar solas".

Lo que sigue es la prueba, y aquí el Campbell se queda corto de vocabulario: dieciséis quimioterapias, una mastectomía bilateral, un tamoxifeno que se vuelve "el verdadero calvario", una tiroides que también hay que sacar, una histerectomía de remate. Mariana Martín, que empezó su quimioterapia la misma semana que el mundo entero se encerró por la pandemia, lo dice mejor que cualquiera: mientras todos aprendían a usar cubrebocas, ella aprendía a mirarse al espejo sin pestañas; mientras las familias horneaban pan, ella calculaba sus niveles de glóbulos blancos. El mundo sobrevivía a un virus.

Ella sobrevivía, escribe, "a mí misma".

En el viaje del héroe hay un momento que se llama el descenso al abismo, la prueba más oscura, donde parece que todo está perdido. Aquí ese abismo no siempre es la enfermedad: a veces es lo que la enfermedad se lleva por delante. El esposo que se va. La identidad que se cae junto con el cabello. El cuerpo que de un día para otro hay que aprender a habitar de nuevo, como dice Mariana, ya no para salvar la vida sino para algo más difícil todavía: para vivirla.

Y sin embargo, casi ninguna se queda en el abismo. Vuelven. Ese es el tercer acto, el retorno, porque ninguna vuelve igual a como se fue. Vuelven con cicatrices que, como escribe Mariana, "cuentan historias en voz baja". Vuelven, como Alma Carolina, sabiendo "que vale la pena vivir la vida con alegría segundo a segundo". Vuelven, como Ramona, ofreciéndose ellas mismas como aliadas de la siguiente mujer que toque esa misma puerta: "si alguien necesita de mi ayuda, aquí estoy".

El cáncer, escribe Mariana en la frase que más se me quedó grabada, "no solo invade células. Invade certezas". Entonces entendemos que el viaje nunca fue solo médico. Fue, como ella misma lo nombra, una revolución física, mental, espiritual y familiar. Una reorganización completa de las prioridades. Una manera distinta de entender qué es la fuerza, que no siempre se ve épica, que a veces se ve simplemente como presentarse a la siguiente cita.

No hay regalo envuelto en celofán rosa en ninguno de estos textos, y eso también lo agradezco como lectora. Ninguna romantiza la enfermedad. Ninguna le da las gracias al dolor. Lo que sí agradecen, una y otra vez, es haber descubierto que son más que su diagnóstico, más que su cicatriz, más que su historia clínica.

En el marco del Día Mundial del Sobreviviente de Cáncer, y vale la pena decirlo así, sin eufemismo: sobrevivir no es solamente seguir con vida. Es lo que hicieron estas mujeres con la vida que les quedó.

Zoe te escucha
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