Por Evlyn Cervantes Silva
Aunque sus acciones se expresen en espacios distintos, las mujeres que marchan en el 8M y aquellas que actúan como gestoras ambientales coinciden en su lucha por acceder a la justicia y a sus derechos, pero también en defender el bienestar común, la movilización pública, la protesta y el trabajo comunitario. Ambas trabajan para impulsar cambios a partir de su empoderamiento femenino.
Sobre el boulevard Adolfo López Mateos, en el corazón del centro de León, a media tarde del 8 de marzo de 2026, Valeria se encuclilla junto a una banca pública. Mientras adopta una postura agachada, se acomoda la cangurera ergonómica en la que lleva cargado a su bebé y le pide a su otro hijo que se quede junto a ella mientras destapa el plumón y escribe sobre el asiento del mobiliario urbano: “Justicia para Eli”.
Así, la banca colocada en el espacio público para el descanso y la interacción social queda intervenida por esta joven de 21 años que participa por sexto año consecutivo en la marcha conmemorativa del Día Internacional de la Mujer. Hoy, dice, tuvo el encargo de una amiga que no pudo acompañarla a marchar: hacer una exigencia de justicia para Eli, quien fue asesinada por su pareja.
Pero también marcha, explica, porque su mejor amiga Karla fue asesinada en 2021 sin que se supiera quién la mató, y su cuerpo ensangrentado actualmente continúa expuesto en redes sociales.
Entre la marea de mujeres que inunda el boulevard con un clamor ininterrumpido que hace vibrar los cristales de los edificios, Valeria no pasa desapercibida. Dos pedazos de cartón que llevan colgados sus hijos atraen inmediatamente la mirada de los demás hacia ella, que camina firme mientras carga al bebé en la cangurera y toma de la mano al mayor de sus hijos.
En el cartón que cuelga del más pequeño se lee: “¿Qué haría yo si mi mamá no vuelve?”. El que porta su otro hijo tiene la frase: “Mi mami me está criando para que tu hija se sienta segura conmigo”.
Si alguien le pregunta por qué decidió marchar junto a sus hijos varones, Valeria es tajante en su respuesta: “Considero que es importante traerlos para que no crezcan en el sistema del patriarcado”.
Y sigue caminando entre la multitudinaria marcha que, a medida que avanza, tiñe de morado las calles, abriéndose paso a grito de consignas que apagan el bullicio cotidiano de la ciudad y provocan un estruendo ensordecedor en el que participan miles de gargantas femeninas para hacerse escuchar al grito de:
“Mujer consciente se une al contingente”,“Somos malas, podemos ser peores y al que no le guste, se jode, se jode”,“Aborto sí, aborto no, eso lo decido yo”,“No somos una, no somos diez, pinche gobierno cuéntanos bien”,“Con falda o pantalón, respétame cabrón”,“El que no brinque es macho”.
La intensidad acústica de sus consignas impone, pero electriza cuando aparecen las que integran el bloque negro, cuyas acciones de protesta radical son fundamentales para visibilizar la ira e impotencia de las mujeres ante la violencia en su contra. Aquí, las voces individuales ya no existen. Con una mezcla de orgullo y esperanza, las respaldan coreando al unísono: “Esas morras sí me representan”.
Con los oídos zumbando por los gritos cargados de mensajes tan poderosos, pienso en cómo esta multitud de mujeres que se apoderan de las calles para marchar se relaciona con muchas otras que luchan por derechos colectivos como el acceso al agua, a la salud, a un medio ambiente sano y a un territorio seguro para ellas y sus familias.
Viene a mi mente Liliana, una mazahua que por imitación a su madre aprendió a hacer el bordado representativo de uno de los pueblos indígenas más antiguos de México y quien es una de las bordadoras de Mazahui A.C., que alzan la voz para dar testimonio sobre la manera en que las mujeres mazahuas plasman en cada bordado su relación especial con la naturaleza y dignifican el rol de la mujer indígena como gestora ambiental. Así lo narra en Entre hilos y resistencia: el taller mazahua que une tradición y cuidado ambiental.
Pienso también en el grupo de mujeres de La Huerta San Agustín, en Valle de Bravo, que un día se quedaron sin agua y fueron ellas quienes implementaron acciones urgentes de abasto hídrico para su comunidad. Ahora trabajan en la implementación de un modelo sustentable que detallan en el reportaje Del Día Cero al camino del agua en Valle de Bravo.
Aparece en mi mente también la combatiente de incendios forestales Michelle Farfán Gutiérrez, quien lidera la Brigada Voluntaria de Combate y Prevención de Incendios Forestales y Manejo del Fuego “Los Chuines”, en Guanajuato, y cuyo liderazgo es crucial en la formación de nuevos combatientes. Ella misma contó los desafíos que enfrenta en Combaten incendios forestales en la Sierra de Guanajuato.
Pienso en Martha Patricia Velarde, una de las mujeres más activas de los Comités de Cuenca del Río Sonora, quien no cesó en su exigencia por acceder a una reparación ambiental tras el derrame en la mina Buenavista del Cobre. Aunque ya murió, sus ideales siguen muy vigentes entre sus compañeros de lucha. Ella misma los compartió en Resistir ocho años en la lucha contra Grupo México.
En este ejercicio de memoria aparece también María Ana Olivia Aguas Gudillo, una productora forestal de Pinal de Amoles, en Querétaro, que derriba el machismo para abrirse paso como empresaria en este sector y cuyo testimonio es central en Mujeres: las más relegadas de los apoyos de Conafor y Semarnat.
La lista podría seguir, pero me detengo a responder: aunque sus acciones se expresen en espacios distintos, las mujeres que marchan en el 8M y aquellas que actúan como gestoras ambientales coinciden en su lucha por acceder a la justicia y a sus derechos, pero también en defender el bienestar común, la movilización pública, la protesta y el trabajo comunitario. Ambas trabajan para impulsar cambios a partir de su empoderamiento femenino.
Aunque persisten retrocesos y resistencias, las mujeres están liderando cambios sociales y son ellas quienes se encuentran en la primera línea frente a los problemas ambientales.
Sin su liderazgo, no habrá un futuro ambiental más justo.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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