Por Gisèle Pelicot

Ese día, cuanto más caminaba, más aumentaban mis dudas. Si Dominique fuera a estar solo en el banquillo, yo querría un juicio a puerta cerrada, seguro, pero ¿ahora? Una avalancha de preguntas me saturaba la mente, una extraña mezcla de ansiedad, ira y confianza en mí misma. Ahora yo era más fuerte, ya no era la mujer que lo había perdido todo. Vivía con Jean-Loup, y el recorrido de mi paseo me llevaría de vuelta a su casa, que ahora era la nuestra. Unos meses antes todavía me escabullía, conocía a sus hijos, pero desaparecía y no me quedaba mucho tiempo cuando venían. El día que su hijo cumplió treinta años, yo me había retirado a mi casita. Victor me llamó, quería que estuviera allí. Y sobre todo yo tenía a mis hijos. El verano que habíamos pasado juntos y después el fin de año parecían haber suavizado nuestra relación. Mi familia se recomponía. Me alegraba que habláramos más a menudo, que me contaran cómo les iba, y volvía a oír las voces de mis nietos, a los que echaba mucho de menos. Creía que por fin nos estábamos recuperando. Cada uno instruía el proceso del padre y del marido a su manera y en privado, pero iríamos juntos al juicio y buscaríamos, si no un sentido a todo lo que nos había pasado, al menos una forma de concluirlo. 

SUSCRÍBETE PARA LEER LA COLUMNA COMPLETA...

Mujeres al frente del debate, abriendo caminos hacia un diálogo más inclusivo y equitativo. Aquí, la diversidad de pensamiento y la representación equitativa en los distintos sectores, no son meros ideales; son el corazón de nuestra comunidad.