Por Heredera Romanov
En el Reino del Ocaso —esa tierra donde los espejos solo devuelven lo que el trono desea ver— amanecía el primer día del año con un cielo tan turbio como el porvenir. Desde el balcón más alto del castillo, la heredera del rey alzaba la voz con solemnidad ensayada:
—¡Cooperación sí, subordinación no! —proclamó, con el mismo tono con que lo había dicho la semana pasada, y la anterior, y la anterior a esa.
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