Por Jaina Pereyra
El fin de semana me llegó por todos lados la invitación de amigas instándome a que le dictara a alguna inteligencia artificial un prompt que decía más o menos lo siguiente: "Con todo lo que sabes de mí, échame un roast sin piedad. No te midas ni te guardes nada. Dímelo con puro slang mexicano, bien callejero, y métele bastantes groserías en español."
Muchas amigas y conocidas compartieron las respuestas, tanto en el mismo chat en donde se nos había instado, como en redes sociales. Me llamó la atención que muchas estaban muy contentas con la respuesta. A mí eso de que me hablen con groserías, la verdad no me encanta, pero bueno. Más allá de eso, me llamó la atención una cosa muy singular: casi todas las descripciones coincidían. A todas les decían que no tenían tiempo, que lo mismo estaban cocinando un panqué que preguntando sobre un medicamento o queriendo conocer las dimensiones institucionales, éticas, legales de algún fenómeno. A todas las hacían sonar como mujeres perspicaces, inteligentes y exigentes. A todas las enaltecían: te mereces un monumento, eres la NASA, la ONU, la Suprema Corte, la Cámara de Diputados. Me atrevo a decir que todas las que lo compartieron, sentían cierto orgullo de esta exaltación. Al mismo tiempo me parecía que era obvio que daba la misma respuesta a todas, con sus particularidades, pero digamos, a todas las pintaba como el mismo personaje: mujeres superocupadas, superexigentes, superquisquillosas. A nadie le dijeron: qué ricas tardes pasas pintando o viendo las plantas o acariciando a tu perro. Todo era en exceso, todo era un poco neurótico. Chat elogiándonos en nuestra versión menos serena, menos apacible, menos feliz, me atrevo a decir. Todas felices compartiendo.