Por Juana Ramírez
Dicen que la muerte no discrimina, pero en México hasta la Catrina descubriría que enfermarse no es lo mismo para todos. Unos esperan meses por una cita, otros peregrinan de farmacia en farmacia buscando medicamentos, muchos pagan de su bolsillo lo que el sistema promete garantizar y demasiados médicos trabajan hasta el agotamiento.
Este Día de Muertos, unas calaveritas para reírnos de nuestras tragedias sanitarias. Porque, aunque la muerte sea inevitable, muchas de las circunstancias que nos acercan a ella no tendrían por qué serlo. Y porque en México, pareciera que la Catrina no necesita salir a buscar pacientes: basta con que se siente a esperar junto a ellos.
La Catrina fue a consulta, con un dolor infernal, la recibió una enfermera con paciencia celestial.
El doctor, muy diligente, la trató con gran esmero, pero al buscar la receta no había medicamento.
¡Qué amables son todos ustedes!,dijo la flaca conmovida.Lástima que con sonrisas no se salvan tantas vidas.
Y se marchó la huesuda, sin dejar de protestar:¡Con tan buenos profesionales, qué vergüenza no darles más!.
La Catrina fue a consulta, muy dispuesta a mejorar, pero al llegar a farmacia no había nada que entregar.
No tenemos medicina, vuelva usted en 15 días.¡Pero si yo soy la Muerte, no me vengan con tonterías!.
Y la flaca, muy molesta, se marchó sin su receta:En México hasta los muertos necesitan una palanca discreta.
La Muerte pidió entonces una cita con Hacienda y con Salud:“Vengo a hablar del presupuesto,¡Esto ya es una inquietud!”.
Le mostraron mil promesas, un discurso y un cartel, pero al revisar las cuentas no encontró ni para el papel.
No se preocupen, señores, yo les vengo a colaborar:si no invierten en la vida,¡Mucho trabajo me van a dar!.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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