Por Karla Carbajal*
Las nuevas generaciones ya no creen en estructuras heredadas y comienzan a imaginar —desde la conciencia— nuevas formas de vivir.
Hubo un tiempo en que nos enseñaron a elegir, a dividir la realidad en bandos, en colores, en discursos que prometían orden mientras la vida —silenciosa— seguía fracturándose por dentro. Pero ese tiempo se está agotando. Hoy venimos a cuestionarlo todo, porque el modelo que nos fue entregado —rígido, vertical, profundamente distante— ya no alcanza a sostener la complejidad del mundo que habitamos. Es un modelo de gobernanza que administra crisis pero no las resuelve, que nombra el dolor pero no lo transforma, que en ocasiones parece más leal a su propia permanencia que a la vida que debería cuidar.