Por Katarina Szulc*
Después de recorrer el lugar donde supuestamente cayó el hombre más buscado de México y de Estados Unidos, la duda no es solo cómo murió El Mencho, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación.
La verdadera pregunta es otra: ¿qué se pretendía realmente ese día?
La versión oficial habla de un operativo para capturarlo, realizado por la Secretaría de la Defensa (Sedena), que se salió de control. Pero sobre el terreno, entre casquillos sin impacto, cabañas intactas y un silencio difícil de justificar, esa narrativa empieza a desmoronarse. Nada en ese sitio transmite la idea de una batalla caótica. Más bien sugiere algo distinto: una operación cuyo desenlace —y quizá cuyo objetivo— ya estaba definido de antemano.
Esa es la sensación que me quedó después de estar ahí. Que, más allá de cómo murió, lo que sigue sin respuesta es por qué.
La versión oficial del gobierno federal sostiene que el líder del Cártel Jalisco Nueva Generación fue capturado por el Ejército durante un enfrentamiento y que murió a causa de sus heridas. Pero, más allá de eso, hay muy poca claridad. Demasiado poca para un operativo de esta magnitud.
Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿por qué tanto silencio, tanto hermetismo, tanto cuidado en lo que se dice… y en lo que no?
Tres días después de su supuesta muerte, aterricé en Guadalajara en uno de los primeros vuelos que lograron entrar a la región. El país todavía estaba en shock: carreteras bloqueadas, vehículos incendiados, enfrentamientos en distintos puntos. Más de 70 muertos. El nivel de violencia hablaba por sí solo.
En Tapalpa, un pueblo turístico conocido por sus casas coloniales, un empresario local me comentó algo que no me he podido sacar de la cabeza:
“Escuchamos los helicópteros la noche anterior. Si nosotros los vimos, él también. Pero no se fue”.
Luego me contó una teoría que he escuchado durante años cubriendo al Señor de los Gallos: que El Mencho en realidad había muerto años antes, enfermo, y que lo entregado ahora era su cuerpo como parte de algún acuerdo. Suena inverosímil. Pero en este mundo, lo inverosímil a veces termina siendo lo más cercano a la verdad.
Ese mismo día decidí manejar hacia el supuesto último refugio del capo.
El complejo está a poco más de un kilómetro del Tapalpa Country Club. No me dejaron entrar. Había halcones observando; no había seguridad en las casetas, pero cuando llamé, me dijeron que, por orden del gobierno, no se permitía el acceso a la prensa.
Tomé entonces el camino hacia las cabañas. Aún se veían rastros del enfrentamiento, pero no había presencia de ninguna autoridad federal: ni policías ni militares. El complejo está rodeado de un bosque parcialmente quemado.
Al llegar, lo que encontré no fue un campo de batalla, sino algo mucho más desconcertante.
Afuera de las cabañas había casquillos por todas partes, de grueso calibre; fragmentos de granadas; ropa, comida y sábanas tiradas, como si alguien hubiera salido huyendo. En el bosque quemado había fragmentos de explosivos y sangre. Pero en las casas la escena era muy distinta.
Lo que me llamó la atención es que no había impactos de bala: ni en las paredes, ni en los muebles, ni en los vehículos.
En una de las cabañas, los casquillos de calibre .50 formaban un rastro desde la entrada hasta el fondo de una habitación. Pero no encontré ni un solo punto de impacto.
Una camioneta blanca, estacionada en el garaje de una cabaña, tenía las llaves puestas, rodeada de los mismos casquillos… intacta.
El lugar no cuadraba con un enfrentamiento. Si hay casquillos, tendría que haber impactos.
Dentro de un asador, entre las cenizas, encontré fotos tamaño pasaporte de dos mujeres jóvenes que, de alguna forma, habían sobrevivido al fuego. No había nombres, no había contexto. ¿Eran parejas de miembros del cártel? ¿Intentaron destruir cualquier rastro de identidad? ¿O eran víctimas, desaparecidas, llevadas ahí contra su voluntad?
Seguí avanzando, entrando a las cabañas.
Había figuras religiosas —vírgenes, cristos— colocadas junto a camas improvisadas. También encontré Viagra y lubricante. Y, en una litera, juguetes de niños.
Ese detalle fue el que más me perturbó.
Porque sugería que ese lugar no era solo un escondite. Era un espacio donde, en algún momento, hubo vida cotidiana. Donde hombres armados no solo se refugiaban, sino que llevaban a sus familias. Donde la violencia convivía con algo que intentaba parecer normal.
Pero lo que más me inquietaba seguía siendo lo mismo: la ausencia de huellas reales de combate.
No había mucha sangre, ni paredes perforadas, ni señales claras de un enfrentamiento que, según las autoridades, dejó decenas de muertos.
Era como si alguien hubiera armado una escena.
Tomé fotografías de los casquillos. Más tarde supe que ese tipo de munición —calibre .50— es de uso militar, fabricada principalmente en países como Estados Unidos, Canadá, Turquía y Corea del Sur. No es algo que se encuentre fácilmente en manos civiles, ni siquiera en el mundo del narco.
Cuando me acerqué de nuevo hacia el área del country club, los vi: dos hombres en motocicletas, con pasamontañas, observándome fijamente. No dijeron nada. No hizo falta.
A través de mensajes cifrados, una fuente me dio una versión completamente distinta.
Según esta fuente, no hubo tal enfrentamiento. Lo que ocurrió fue algo muy diferente.
Asegura que El Mencho había aceptado entregarse con la intención de negociar algún tipo de beneficio para su hijo, condenado a cadena perpetua en Estados Unidos —una sentencia que, además, fue apelada en diciembre pasado en un último intento por revertirla—. Sin embargo, en cuestión de horas, la supuesta operación de captura habría dado un giro. Lo que debía ser una detención controlada terminó convirtiéndose, según este relato, en una emboscada.
La razón, insiste, es simple: no querían que llegara vivo. No querían que declarara. Porque El Mencho sabía demasiado.
Mientras tanto, desde el gobierno federal, el secretario de la Defensa, Ricardo Trevilla Trejo, intentó fijar una narrativa clara: el operativo buscaba capturarlo con vida, pero se salió de control cuando él abrió fuego. Según esa versión, los soldados respondieron porque “los estaban matando”.
También descartó por completo la posibilidad de una rendición voluntaria. Un hombre como Oseguera, dijo, no se entrega.
Pero el lugar donde estuve cuenta otra historia.
Incluso hay un detalle que no termina de encajar: mientras las autoridades aseguran que murió durante el traslado hacia Ciudad de México, su acta de defunción indica que falleció en Tapalpa, Jalisco.
Estados Unidos, que habría aportado la inteligencia clave para ubicarlo, lo quería vivo. Un juicio allá habría significado algo más que una condena: habría abierto la puerta a revelar redes, nombres, vínculos incómodos.
Y en México, hay quienes tenían todo que perder si eso ocurría.
Después de estar ahí, de caminar entre esas cabañas, de ver lo que había… y lo que no había, me queda claro algo: la versión oficial existe, pero no es la única. Y quizá tampoco es la verdadera.
*Periodista canadiense independiente especializada en crimen organizado transnacional, cárteles y la geopolítica del delito en América Latina. Reconocida por su cobertura de campo, documenta redes criminales y operaciones estatales, traduciendo eventos complejos y de alto riesgo en historias claras y basadas en evidencia.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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