Por Laura Carrera 

Hace unos días, en un chat de amigas en el que participo, una de ellas escribió visiblemente alterada. Estaba enojada, indignada, frustrada. Contó que un hombre y una mujer policía de la Ciudad de México la habían detenido mientras manejaba y la habían extorsionado por una supuesta falta de tránsito. Ella aseguraba no haber cometido ninguna infracción. No recordaba haber hecho algo indebido. No se dio cuenta, o no ocurrió, o simplemente no fue así. Lo cierto es que se sintió vulnerada. Y lo dijo con todas sus letras. 

Su mensaje detonó algo más grande. Otras personas del chat comenzaron a responder casi de inmediato. Una contó que a ella también la habían detenido por una “falta aparente”. Otra recordó una multa que nunca quedó clara. Otra más habló de un momento incómodo, confuso, donde la autoridad se volvió amenaza. En pocos minutos, el chat se llenó de historias similares. No eran casos aislados. Era una experiencia compartida.

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