Por Laura Pérez Cisneros

En una tarde de invierno, las jacarandas comienzan a asomarse en la Ciudad de México. El solecito intruso anuncia que la primavera está por instalarse. Laurence Debray se acerca a la ventana y toma con su móvil imágenes de esas jacarandas mexicanas que la han conquistado, previo a la conversación con #Opinión51.

Para entender por qué un rey la eligió para trabajar mano a mano en sus memorias, hay que adentrarse en sus raíces:

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“Veía en casa a García Márquez, Julio Cortázar; mi padrino es el pintor chileno Roberto Matta; Jane Fonda… esas eran mis redes. Y también, en la política, crecí en el Elíseo porque mis padres trabajaban para Mitterrand. Vi el poder desde el lado personal, más íntimo y directo. Tuve un entorno muy intelectual y politizado: todo era política en casa. No se bebía Coca-Cola porque era americana”.

No fue una niña común con ese bagaje. Su mundo no estaba hecho de juegos infantiles:

“A los 10 años, mis padres me dieron a elegir entre el capitalismo y el comunismo. Fui a un summer camp en California y a otro en Cuba. Cuando regresé, mis padres me dijeron que escogiera, y decidí quedarme en Europa con la socialdemocracia. Ahí intenté tener mi propio camino ideológico —ríe y agrega—. Fui hasta banquera en Wall Street; me rebelé ante mis padres”.

La también autora del libro Mi rey caído, dedicado a Juan Carlos I, tuvo la oportunidad de conocerlo en 2014, el año de su abdicación:

“Él dio a los españoles la libertad, pero nunca pudo gozarla en su vida. Siempre estuvo sometido a la monarquía, a la Corona, a Franco, a su padre. Y hoy en día vive en los Emiratos para no molestar a su hijo, a la Corona. Entonces no tiene esa libertad: no puede hacer lo que le da la gana. El jefe hoy es su hijo. Hay que entenderlo: la Corona es como una religión; están sometidos a ella”.

—¿Entonces dónde encuentra la libertad?

“Está libre en el mar, con su barco. Por eso le gusta tanto la vela. Son los únicos momentos en que de verdad se siente libre, a gusto. Están los vientos, el horizonte; no hay tanta frivolidad ni tanta gente mirándolo. Imagínate: cuando eres rey entras a una sala y todo el mundo te observa, te vigila, quiere algo de ti. La mayoría le está pidiendo algo”.

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El rey construyó muy pronto su relación con Iberoamérica. Cuando viaja como cadete, muy joven —alrededor de los 19 años—, entiende la importancia de ese vínculo: había que fortalecerlo desde lo cultural, lo histórico, lo económico y lo político. Era un proyecto profundamente personal.

Llega a México en su primer viaje después de Estados Unidos. Habla con los exiliados de la Guerra Civil, abraza a la viuda del presidente Azaña. Es un momento de reconciliación muy potente.

Después de una guerra civil y de 40 años de dictadura, él buscaba ser el rey de todos los españoles: cerrar heridas, mirar hacia adelante. Ese gesto —abrazar a la viuda del último presidente de la República, que vivió exiliado en México— tiene una carga simbólica enorme.

México, además, fue para él un espacio donde encontró riqueza cultural e intelectual.

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Con el tiempo, sostiene Debray, se valorará más su obra política, y espera que sea también a través de su libro Reconciliación, un testimonio histórico para las próximas generaciones.

Pasará a la historia como el “Padre de la Constitución Española”. De eso, dice, él está profundamente orgulloso.

—¿Cómo defines al rey?

“Como un hombre con autoridad natural, carisma y una gran visión de largo plazo, algo que los líderes ya no tienen. Tiene claridad y perspectiva; no gobierna al ritmo del sondeo del día ni de la presión inmediata. No se agobia por las críticas. Esa mirada larga la hemos perdido con las redes sociales, los escándalos y la reacción inmediata”.

“Creo que al final quedará como un gran líder internacional desde la Segunda Guerra Mundial. En Francia tuvimos a De Gaulle; en Inglaterra, a Churchill. Él quedará como un personaje histórico, pero también como uno de novela: su vida es tan insólita que podría ser una ficción de Hollywood. El hecho de que un rey de España viva hoy en los Emiratos es, en sí mismo, extraordinario”.

—Él pudo pedir que lo evacuaran…

“Sí, pero es solidario con sus hermanos árabes. Ni siquiera se percibe como valiente: no tiene ese sentido del riesgo o del peligro como nosotros”.

—Es militar.

“Sí, y es valiente”.

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@lauperezcisnero

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