Por Liliana Romandía*
Durante años, la palabra “ventas” ha cargado con un estigma incómodo.Se asocia con insistencia, manipulación o, en el mejor de los casos, con una habilidad técnica menor dentro del mundo profesional.
Pero vender —cuando se entiende bien— no es eso.
Vender es poder.
Y no en el sentido superficial de cerrar una transacción, sino en el más profundo: la capacidad de influir, de leer a una persona, de entender un contexto y de construir acuerdos donde antes no los había.
En un país como México, donde las decisiones se toman tanto en la mesa de juntas como en los pasillos, quien sabe vender no solo mueve productos: mueve estructuras.
Sin embargo, hay algo que rara vez se dice en voz alta: las mujeres no fuimos educadas para vender.
Nos enseñaron a ser eficientes, responsables, incluso brillantes. Pero no a negociar con firmeza. No a sostener una conversación incómoda. No a poner precio a nuestro trabajo sin culpa.
Mucho menos a ocupar el espacio que implica decir:“Esto vale, y vale esto”.
Y ahí empieza una de las brechas más invisibles —y más costosas— en el desarrollo profesional femenino.
Porque vender no es solo una función comercial.Es una habilidad transversal que atraviesa todo: desde pedir un aumento hasta defender una idea, desde liderar un equipo hasta construir una carrera.
He pasado más de dos décadas en entornos donde el resultado es lo único que importa. He estado en campo, en juntas de alto nivel, en procesos de negociación complejos. Y hay algo que se repite una y otra vez: Las personas que avanzan no son necesariamente las más técnicas. Son las que saben posicionarse.
Las que saben leer el momento.Las que entienden que cada conversación es una oportunidad.
Y sí, las que saben vender.
Pero vender bien implica algo más sofisticado que una técnica.Implica inteligencia emocional, estructura mental y, sobre todo, claridad interna.
Porque nadie puede convencer afuera si no tiene claridad adentro.
Por eso, esta columna no será sobre “tips de ventas”.
Será sobre poder.
Sobre cómo se construye.Cómo se ejerce.Y cómo, desde distintos espacios —empresa, gobierno, medios—, las mujeres pueden aprender a habitarlo sin pedir permiso.
Porque vender no es insistir.
Es entender.Es sostener.Es decidir.
Y en un mundo donde tantas decisiones siguen tomándose sin nosotras, aprender a vender —bien— no es opcional.
Es estratégico.
*Liliana Romandía es líder en áreas comerciales de corporativos nacionales e internacionales y de RP en la iniciativa privada.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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