Por Lizeth Romero
Hace un tiempo, durante una conversación con mis amistades más cercanas, volvimos a preguntarnos: “¿Por qué habíamos querido estudiar Ciencias Políticas?”. Las respuestas fueron variadas; sin embargo, coincidimos en algo: dábamos por hecho que la política está en todos lados, pero hacer conciencia nos permitió mirar de otra manera aquello que vivimos de forma cotidiana.
La política no aparece únicamente en las elecciones, los discursos de quienes gobiernan o las sesiones del Congreso. También está en las decisiones que determinan quién puede acceder a una vivienda, cuánto tarda una persona en trasladarse a su trabajo, qué voces son escuchadas y cuáles quedan fuera de la conversación. Está en la escuela, en la oficina, en la familia y hasta en la manera en que nos relacionamos.
Lo interesante es que, aunque la política atraviesa nuestra vida cotidiana, muchas veces preferimos no reconocerla. Decimos que no nos interesa, que “todos los políticos son iguales” o que es mejor no hablar de esos temas para evitar discusiones. Como si ignorar la política pudiera mantenerla lejos de nosotros. Pero omitirla no significa escapar de ella; significa dejar de preguntarnos quién toma las decisiones, con qué intereses y cuáles son sus consecuencias.
Las redes sociales han reforzado esta posibilidad de seleccionar lo que queremos ver. Si una noticia nos incomoda, deslizamos la pantalla. Si una opinión nos molesta, dejamos de seguir a quien la publicó. Si una persona se equivoca o sostiene una postura que consideramos inaceptable, podemos funarla y pasar al siguiente contenido.
El problema no es que podamos elegir. El problema aparece cuando confundimos elegir lo que consumimos con controlar la realidad que nos rodea. Así, construimos una especie de comodidad política. Nos rodeamos de personas que piensan parecido, confirmamos nuestras propias ideas y reducimos la discusión pública a reacciones inmediatas: apoyar, rechazar, compartir o cancelar. La política comienza a parecerse a una secuencia interminable de estímulos, en la que cada tema compite por nuestra atención durante unos cuantos segundos.
Sin embargo, la vida pública no funciona con la misma velocidad que una pantalla. Las decisiones políticas tienen efectos duraderos, incluso cuando dejamos de hablar de ellas. Una reforma puede modificar las oportunidades de una generación; una política urbana puede determinar el tiempo que miles de personas pasan en el transporte; un presupuesto puede decidir qué problemas serán atendidos y cuáles tendrán que esperar.
Estudiar para detenerse
Tal vez una de las razones por las que elegimos estudiar Ciencias Políticas fue precisamente la necesidad de detenernos. De mirar más allá de la superficie y preguntarnos por las estructuras que hacen posible o limitan nuestras decisiones cotidianas.
Esa perspectiva cambia la manera de observar lo cotidiano. La inseguridad deja de ser solamente “qué miedo salir a estas horas” y puede convertirse en una pregunta sobre decisiones institucionales, desigualdades y omisiones. Y luego está la familia, ese territorio donde supuestamente existe una regla no escrita: “en esta mesa no se habla de política”.
Spoiler: siempre se termina hablando de política. Basta con que alguien mencione al gobierno, los impuestos, la inseguridad o diga “antes las cosas estaban mejor” para que la comida familiar pase, en cuestión de minutos, de los frijoles a una discusión sobre qué está pasando, las decisiones públicas y las opiniones de cada quien.
El spoiler que nadie pidió
El spoiler que nadie pidió es que la política no desaparece cuando dejamos de hablar de ella. Podemos deslizar la pantalla, silenciar una conversación, dejar de seguir a quien piensa distinto o repetir que “no nos interesa la política”, pero sus decisiones siguen influyendo en la forma en que vivimos. Incluso la omisión tiene consecuencias: cuando dejamos de preguntar, alguien más decide; cuando renunciamos a participar, otras voces ocupan el espacio.
Quizá esa sea una de las razones por las que elegimos estudiar Ciencias Políticas. No para tener siempre la respuesta correcta ni para convertir cada conversación en un debate, sino para aprender a mirar aquello que preferimos pasar por alto. Para entender que detrás de una decisión aparentemente técnica existen prioridades, intereses y relaciones de poder.
El spoiler que nadie pidió es que no existe una vida completamente apolítica. Podemos cansarnos de las discusiones, desconfiar de las instituciones o sentir que nuestra opinión no cambia nada. Aun así, seguimos formando parte de una sociedad en la que nuestras decisiones afectan a otras personas y las decisiones de otros afectan nuestra vida.
La política está en todos lados, aunque a veces nos guste fingir que no. Podemos evitar las noticias, cambiar de tema en la comida familiar o deslizar la pantalla cuando aparece un debate. Pero hay un spoiler que no podemos saltarnos: la política está en nuestra vida, nos guste o no.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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