Por Marcela Solares Delgado
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Una mujer entra a la sala de espera de un consultorio médico. La recepcionista le pide que espere su turno y se sienta en la sala, junto a otras personas. De pronto suena un timbre y, como en coreografía, todos se levantan de sus asientos y unos segundos después vuelven a sentarse.

Ella se desconcierta un poco pero permanece sentada. De pronto vuelve a sonar el timbre y vuelven a levantarse y después de unos segundos a sentarse. Cuando el timbre suena una tercera vez, la mujer se levanta junto con ellos, aunque no sepa la razón ni el objetivo de hacerlo.

Ella no lo sabe, pero es parte de un experimento para el programa Brain Games de National Geographic. Lo más extraño es que esta conducta aprendida persiste, aun cuando las demás personas se retiran de la sala y ella queda sola.

Este fenómeno, conocido como conformidad social, explica la adopción de comportamientos, opiniones o decisiones para ajustarnos a un grupo y pertenecer a él. El periodista Walter Lippmann escribió en 1915 The Stakes of Diplomacy, en el que sostiene  que el contacto con personas y realidades distintas enriquece el pensamiento, pero, si quisiéramos conservar intactas nuestras creencias, sería mejor aislarnos del pensamiento del grupo. Su frase conocida dice: “Where all think alike, no one thinks very much” (donde todos piensan igual, nadie piensa demasiado).

Esto se resume en que si estamos en un cuarto con 10 personas que piensan igual, no hay diez ideas, sino una sola idea repetida diez veces.

Hoy, este fenómeno se ve de forma muy clara en las redes sociales, los algoritmos nos acercan a personas cuyos discursos e ideas parecieran salir de nuestra mente. El problema es cuando eso sucede repetidamente, dejamos de cuestionar nuestros propios pensamientos, aun cuando no estemos al 100% de acuerdo con una propuesta. 

Pero aquí está lo peligroso del tema: a veces una idea se vuelve dominante, no porque la mayoría crea en ella, sino porque cada persona del grupo cree que los demás sí. En las elecciones podemos observar una manifestación concreta de este fenómeno. Las encuestas, las conversaciones públicas, los medios y las redes sociales construyen una percepción de qué candidatos tienen mayor respaldo. Esa percepción puede influir en algunas personas, que no deciden exclusivamente a partir de las propuestas con las que coinciden, sino también a partir de lo que creen que los demás apoyan. El voto, una decisión individual, queda así expuesto a la percepción del pensamiento colectivo.

Pero pensar colectivamente no es necesariamente negativo. Richard Florida, en The Rise of the Creative Class, muestra cómo la convivencia de personas con experiencias, disciplinas, culturas y formas de pensar distintas puede enriquecer a las sociedades y favorecer la creatividad y la innovación. Da varios ejemplos de ciudades prósperas, enriquecidas culturalmente gracias a la diversidad de pensamientos. Su principal propuesta es abrir las economías locales a ideas y a grupos diversos para que prosperen colectivamente.

La diferencia entre estos dos puntos de vista, radica justamente en construir ideas a partir de las de otros, no en adoptarlas. Pensar al lado de otros puede generar ideas, confrontar nuestras propias creencias y obligarnos a repensarlas y revisarlas. 

Quizá por eso la próxima vez que “suene el timbre” antes de levantarnos, nos convenga preguntarnos por qué.

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