Por Marcela Solares Delgado
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¿Puede existir un país sin territorio?

Durante siglos la pregunta habría parecido absurda. Un país necesita fronteras, un pedazo de tierra que pueda señalarse en un mapa, un lugar y una identidad que pueda llamar propios. Pero quizá ya no.

Tuvalu es un pequeño país de la Polinesia de apenas 26 kilómetros cuadrados y alrededor de 10 mil habitantes. También es uno de los lugares más amenazados por el aumento del nivel del mar. Ante la posibilidad de que algún día su territorio deje de ser habitable, su gobierno comenzó a pensar en la posibilidad de que Tuvalu sobreviva, aunque sus islas no puedan hacerlo.

Una de sus estrategias es construir una versión digital del país que permita preservar parte de su historia, su cultura, sus archivos y sus instituciones. Al mismo tiempo, Tuvalu ha buscado proteger jurídicamente la continuidad del Estado frente a la pérdida física de su territorio.

La idea me parece fascinante porque trastoca algo que damos por hecho. Podemos abandonar una casa y seguir perteneciendo a una familia. Podemos emigrar y conservar nuestra lengua, nuestras costumbres y nuestros recuerdos. Pero ¿qué pasa cuando es el país entero el que se queda sin casa?

Los desplazamientos provocados por fenómenos asociados al cambio climático ya forman parte de nuestro tiempo. Comunidades que abandonan zonas costeras, tierras que dejan de producir, lugares que se vuelven inhabitables. En todos esos casos las personas pierden el lugar en el que vivían. Tuvalu plantea algo distinto, la posibilidad de que sea una nación entera la que pierda el lugar en el que existe.

Con esta pregunta en mente, recordé a Macondo, en Cien años de soledad. García Márquez plantea una situación casi opuesta a la de Tuvalu. José Arcadio Buendía, Úrsula y un grupo de familias abandonan su lugar de origen y, después de un largo viaje, fundan Macondo.

Años después muere Melquíades, el primer muerto. Y con él convierten aquel territorio que habían elegido para vivir en el lugar donde reposan sus muertos. Así es como la tierra adquiere pasado y memoria. Algo cambia en la relación de sus habitantes con ese territorio. De ser solo un lugar que eligieron para establecerse, a ser un lugar al que pertenecen. La tierra los arraiga.

Y, tratando de responder la pregunta inicial, si puede existir un país sin territorio, también puede existir el caso inverso, es decir, personas que permanecen mientras el país al que pertenecían desaparece jurídicamente. Pensemos en Yugoslavia. Su territorio no desapareció, pero el Estado se disolvió y, con él, la nacionalidad yugoslava, dejando a algunas personas en situaciónde apatridia.

Algo parecido, llevado a la ficción, ocurre en La terminal, de Steven Spielberg. El protagonista llega a Nueva York desde un país ficticio, Krakozhia, donde, mientras él está en vuelo, se produce un golpe de Estado. Estados Unidos deja de reconocer a su gobierno y su pasaporte pierde validez. De pronto tiene una nacionalidad que no le permite regresar y un territorio al que no puede entrar.

En este caso, el país no es solo territorio; el territorio existe, pero él ya no es parte de él porque desaparecieron su nacionalidad y los símbolos comunes que la respaldan, como el himno, la bandera y la historia compartida, que además son reconocidosinternacionalmente.

Cuando leí Sapiens: de animales a dioses, de Yuval Noah Harari, me hizo sentido su concepto de  nacionalidad. Él argumenta que las naciones existen porque compartimos la creencia en ellas. Una bandera, un himno, una frontera o una nacionalidad adquieren sentido cuando millones de personas reconocen esos símbolos y aceptan una historia común. 

Entonces, ¿cuánta tierra necesita una patria?

No sabemos aún si podemos tener una patria sin territorio; nunca ha sucedido. Quizá Tuvalu esté a punto de darnos una respuesta. No sabemos si un país digital será suficiente para conservar el arraigo de quienes algún día ya no puedan vivir en su territorio; si bastarán una bandera, un himno, una lengua, una historia y una memoria compartida para seguir sintiéndose parte del mismo lugar. Tampoco sabemos si, como en Macondo, necesitamos una tierra que guarde a nuestros muertos para terminar de sentirla propia.

Tal vez una patria necesite menos tierra de la que pensamos y más memoria de la que imaginamos. Por lo pronto, el caso de Tuvalu nos podría demostrar que un territorio puede desaparecer del mapa y, aun así, existir en los símbolos patrios que  sus habitantes decidan compartir, aunque sean habitantes digitales de un pueblo sostenido en una nube virtual.

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