Por María Emilia Molina de la Puente*
No siempre nos salvan los grandes gestos ni los discursos heroicos. A veces lo que nos salva es algo mucho más simple -y mucho más radical-: una mujer que se queda.
En los peores momentos de mi vida, cuando todo parecía desmoronarse al mismo tiempo -el trabajo, la identidad, la certeza de pertenecer a algún lugar-, no hubo una institución que me sostuviera. No hubo un sistema. No hubo un Estado. En su lugar, estuvo mi hermana.
No llegó con soluciones mágicas ni con discursos tranquilizadores. Llegó como llegan las mujeres que saben cuidar: con presencia. A veces con un viaje inesperado cuando ya no podía más. Otras, con planes hechos a tiempo para sacarme de la asfixia. Con dinero cuando hizo falta, sin preguntas ni cuentas por cobrar. Cuidando a mis hijos cuando yo no podía con todo. Mandando videos tontos para arrancarme una risa cuando reír parecía imposible. Regañándome cuando fue necesario -no para someterme, sino para devolverme el eje-. Y, sobre todo, quedándose.
Y también -quizá esto dice más del mundo en el que vivimos que de nosotras-, abrió un espacio para mis libros, mis documentos, mis papeles. Lo que quedó de una oficina que tuve que desmontar en 24 horas, sin tiempo, sin red institucional, sin un lugar propio donde resguardar años de trabajo. Ella hizo sitio para que yo no me sintiera completamente expulsada del mundo.
Eso también es salvar.
Desde el feminismo hemos aprendido a nombrar lo que durante siglos se dio por hecho: el cuidado, la red, el sostén. Pero todavía cuesta decirlo con toda su fuerza política: las mujeres nos salvamos entre nosotras porque el sistema está diseñado para que caigamos solas.
No es casualidad que cuando una mujer se quiebra -por una pérdida, una violencia, una ruptura, un despido, una reforma injusta, una expulsión simbólica- no sea el mérito, ni la legalidad, ni los discursos de igualdad lo que la levante. Son otras mujeres. Hermanas biológicas o elegidas. Amigas. Las que cargan, las que prestan, las que escuchan, las que sostienen cuando ya no queda fuerza para sostenerse una misma.
Pero estas redes no solo evitan la caída. También hacen posible el desarrollo, y eso importa decirlo con todas sus letras. Gracias a ellas, muchas mujeres pueden estudiar cuando el tiempo no alcanza, trabajar cuando el mundo parece cerrarse, escribir cuando el silencio pesa, volver a intentarlo cuando el golpe fue demasiado fuerte. Las redes de apoyo permiten que una mujer no tenga que suspender su vida cada vez que el sistema decide castigarla, excluirla o dejarla sola. Son las que hacen viable lo que de otro modo sería apenas una resistencia precaria.
Gracias a esas manos extendidas, podemos ocupar espacio sin culpa, crecer sin pedir permiso, reconstruir proyectos sin empezar desde cero cada vez que algo se rompe.
Por eso las redes entre mujeres no son un gesto afectivo ni un lujo emocional. No son un complemento del feminismo, son su infraestructura. Sin ellas, el talento se desperdicia, los proyectos se abandonan, las trayectorias se interrumpen. Con ellas, en cambio, aparece algo más que la supervivencia: aparece la continuidad. Ahí donde el sistema ofrece ruptura, las redes ofrecen sostén; donde hay expulsión, ofrecen permanencia; donde hay soledad, construyen camino. Son la razón por la que, incluso después del golpe, seguimos avanzando.
Esto no es romanticismo. Es estructura.
El patriarcado no solo organiza el poder: organiza la soledad. Nos quiere aisladas, compitiendo, sintiendo vergüenza por necesitar ayuda. Por eso cada vez que una mujer sostiene a otra está haciendo algo profundamente subversivo. Está desobedeciendo la lógica del abandono.
El patriarcado produce la soledad, la normaliza y luego la presenta como responsabilidad individual. Nos quiere aisladas, compitiendo entre nosotras, convencidas de que pedir ayuda es un fracaso personal y no el síntoma de un sistema que expulsa. Nos enseña a desconfiar del cuidado, a ocultar el cansancio, a cargar solas con lo que nunca debió ser una carga individual.
Por eso la vergüenza no es casual: es una herramienta de control. Vergüenza por necesitar apoyo, por no poder con todo, por detenerse, por caer. Así se rompen los vínculos, así se debilitan las redes, así se nos empuja a resolver en silencio lo que es estructural. La soledad no es un efecto colateral del sistema: es uno de sus objetivos.
Frente a eso, cada vez que una mujer sostiene a otra ocurre algo que desborda lo privado. No es solo un acto de cariño ni de lealtad personal. Es una desobediencia. Es negarse a aceptar que la caída sea definitiva, que el desgaste sea culpa, que el acompañamiento tenga que pagarse con humillación. Es interrumpir la lógica del abandono y reemplazarla por otra: la de la permanencia, la del cuidado compartido, la de la responsabilidad colectiva.
Sostener a otra mujer es, en ese sentido, una forma de resistencia cotidiana. No siempre visible, no siempre celebrada, pero profundamente transformadora.
Cuando una mujer dice “aquí puedes caer”, está diciendo también: “no te rompes sola”.
Cuando una mujer presta dinero sin humillar, desafía la lógica del castigo.
Cuando una mujer cuida a los hijos de otra, dice que la maternidad no es una condena individual.
Cuando una mujer guarda tus libros, tus papeles, tu historia profesional, cuida algo más que objetos: protege tu identidad.
A veces hablamos de sororidad como si fuera un concepto limpio, ordenado, siempre luminoso. Pero la sororidad real es más compleja: es cansada, a veces áspera, hecha de silencios, de regaños necesarios, de límites que también cuidan. Incluye decir “no puedes seguir así”. Incluye decir “aquí puedes quedarte”. Incluye amor, pero también estructura.
Y cuando esa red existe, no solo sobrevives. Vuelves a construirte con otros cimientos.
Y lo digo sin rodeos.
Hermana: no solo me ayudaste a no hundirme cuando todo se vino abajo. Estás -de una manera profunda y silenciosa- en lo que estoy volviendo a armar. En lo que recupero sin ruido, en lo que se ordena despacio, en la fuerza que regresa sin anunciarse.
Gracias por sostenerme cuando yo no podía, y por quedarte mientras vuelvo a encontrarme.
Lo que estoy reconstruyendo también tiene que ver contigo.
Y no lo olvido.
*Magistrada de Circuito en retiro.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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