Por María Lorena Cassis Nosthas*
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Hay algo paradójico en la manera en que hablamos actualmente de los alimentos: nunca habíamos tenido tanta información disponible y, al mismo tiempo, nunca había sido tan difícil distinguir entre conocimiento y desinformación.

Cada día encontramos recomendaciones sobre qué comer, qué evitar y qué ingredientes deberían preocuparnos. Las redes sociales han democratizado el acceso a información sobre nutrición y salud, pero también han hecho que afirmaciones sin sustento científico puedan adquirir, en cuestión de horas, la apariencia de verdades absolutas.

Para muchas personas, la palabra “aditivo” genera inmediatamente desconfianza. Si además aparece en una etiqueta un nombre que no reconocemos, la conclusión suele ser sencilla: si no sé qué es, debe ser malo. Pero la ciencia no funciona así.

Un aditivo alimentario es una sustancia que se incorpora intencionalmente a un alimento para cumplir una función tecnológica específica. Puede ayudar a conservarlo, mantener su estabilidad, modificar determinadas características o garantizar que conserve ciertas propiedades durante su elaboración y almacenamiento.

La pregunta, entonces, no debería ser si un ingrediente tiene un nombre que nos resulta familiar. La pregunta debería ser qué función cumple, en qué cantidad se utiliza, cómo se ha evaluado y qué evidencia científica existe respecto a su seguridad.

Durante años hemos construido una falsa oposición entre lo “natural” y lo “sintético”, como si fueran conceptos equivalentes a saludable y peligroso. Sin embargo, todo lo que nos rodea está compuesto por sustancias químicas, incluidas aquellas presentes naturalmente en frutas, verduras, semillas y otros alimentos.

Antes de que una sustancia pueda utilizarse como aditivo, existen mecanismos de revisión que consideran la evidencia disponible para determinar en qué condiciones puede ser utilizada. A nivel internacional, organismos científicos especializados realizan diversas pruebas y evaluaciones que establecen referencias que permiten valorar la exposición de los consumidores.

En México también contamos con un marco regulatorio que establece qué aditivos pueden utilizarse y en qué condiciones. Sin embargo, existe un reto que va más allá de la regulación: cómo hacemos llegar todo ese conocimiento a las personas.

Lo que comemos está relacionado con nuestra salud, pero también con nuestra cultura, economía, hábitos familiares y calidad de vida. De ahí que las decisiones alimentarias deban estar alineadas con la seguridad de los consumidores. Necesitamos consumidores capaces de leer una etiqueta y hacer preguntas. Urgen profesionales del área de la Ciencia y Tecnología de Alimentos capaces de vincularse con las áreas de la salud y de explicar conceptos científicos sin convertirlos en opiniones negativas. Hacen falta medios de comunicación responsables al abordar investigaciones científicas. Y, desde la academia y la investigación, debemos asumir también la responsabilidad de comunicar.

Como química farmacéutica bióloga con especialidad en Tecnología de Alimentos y académica, considero que una de nuestras principales responsabilidades es precisamente acercar el conocimiento científico a la vida cotidiana.

Esto significa enseñar que un nombre difícil de pronunciar no determina por sí mismo que una sustancia sea peligrosa. Significa explicar por qué existe una regulación y cómo se establecen los límites de uso. Significa reconocer que la evidencia científica puede evolucionar y que modificar una conclusión cuando aparecen nuevos datos no es una debilidad, sino una de las mayores fortalezas de la ciencia.

También significa reconocer que la industria alimentaria, las universidades, las autoridades y los consumidores tenemos responsabilidades diferentes, pero complementarias.

La industria debe cumplir con las disposiciones sanitarias y comunicar de manera transparente. Las autoridades deben establecer y actualizar las reglas con base en evidencia. La academia debe investigar, formar profesionales y comunicar conocimiento.

*Jefa de carrera de la Licenciatura en Química de Alimentos, Universidad La Salle


Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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