Por Mariana Conde*
Para salir de la CDMX, prefiero usar el aeropuerto de Toluca que el Benito Juárez (AICM) dado el estado actual de desamparo de este último, su cálido olor a cloaca, la pena ajena que da ver ese primer contacto de visitantes de todo el mundo con nuestro aún grandioso México.
Pero salir por Toluca, en especial en invierno, tiene sus desventajas, y una muy marcada: retrasos en los vuelos de la mañana a causa de la neblina. Ese fue el caso en ocasión de mi reciente viaje a Mérida; tres horas de atraso. Enfurruñada me dispuse a desesperar por 180 minutos en la espartana sala de espera que cuenta apenas con una cafetería pequeñita con tres o cuatro mesas igual de pequeñas las cuales, como cocodrilos, rondamos los clientes con vasos desechables de bebida humeante que lucen nuestros nombres mal escritos. Pedí permiso para instalarme en la silla vacía de una mesa ocupada y, siguiendo mi ejemplo, otra mujer hizo lo mismo a un lado.
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