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A Mariana Martín Ríos, cuando el cáncer tocó a su puerta sin pedir permiso, llegó en un momento de total inestabilidad, un divorcio, una nueva relación, hijos que preguntan y el confinamiento por una pandemia. ¿Cómo se reconstruye una? No te pierdas su historia.

Tú también puedes compartir tu historia, Zoe te escucha.

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El 5 de febrero de 2020 recibí una noticia que no venía con manual de instrucciones ni cláusula de cancelación. Dos meses antes me había separado del papá de mis hijos después de diez años de matrimonio. Apenas estaba aprendiendo a dormir sola en una casa nueva, a explicar ausencias con palabras amables y a reconstruirme en silencio, cuando el diagnóstico llegó puntual, frío y definitivo: cáncer de mama.

Dicen que la vida no te manda pruebas que no puedas superar. Yo todavía estoy negociando esa frase.

Mientras esperaba la fecha de mi primera de 17 quimioterapias (esa palabra que suena a castigo pero que, en realidad, era mi fuente inagotable de esperanza) el mundo decidió detenerse. Confinamiento global. Escuelas cerradas. Miedo colectivo. Mis hijos, Andrés y Juli, de 5 y 6 años, intentaban entender por qué mamá ya no vivía en casa… y por qué ahora mamá perdería el cabello y estaría lejos. 

La vida tiene un sentido del humor muy particular.

Empecé quimioterapia la misma semana que inició el encierro. Mientras el mundo aprendía a usar cubrebocas, yo aprendía a mirar mi reflejo sin pestañas. Mientras las familias horneaban pan, yo calculaba mis niveles de glóbulos blancos. Mientras todos hablaban de sobrevivir a la pandemia, yo pensaba —con una serenidad que hoy me sorprende— que lo mío era un asunto más íntimo y más radical: sobrevivir a mí misma.

Porque el cáncer no sólo invade células. Invade certezas.

Se mete en la feminidad, en la sexualidad, en la identidad. Te obliga a mirar tu cuerpo como campo de batalla y como hogar al mismo tiempo. Te desnuda, literal y simbólicamente, frente a médicos, frente a tus hijos, frente al espejo, frente a tus propios miedos.

Y, sin embargo, en medio del caos, la vida también decidió regalarme algo inesperado: estaba conociendo a un hombre cuando recibí el diagnóstico. Apenas comenzábamos a descubrirnos cuando la enfermedad se sentó a la mesa con nosotros. No huyó. Se quedó. Me sostuvo. Y entendí que el amor no siempre llega en forma de promesa eterna; a veces llega en forma de contención extrema.

Seis meses después vino la mastectomía unilateral. Una palabra que parece técnica hasta que despiertas y sientes la ausencia. Perdí un seno, sí. Pero también perdí una versión antigua de mí. Y ahí empezó el verdadero proceso.

Porque el tratamiento tiene fechas, protocolos y médicos. Pero el duelo no.

Me mudé a Mérida sin mis hijos. Y en esa distancia tan dolorosa, necesaria e incomprendida comenzó el enfrentamiento real con lo que significa la palabra cáncer. Ya no era la urgencia de salvar la vida. Era aprender a habitarla de nuevo.

Nadie te habla lo suficiente del “después”. Del silencio cuando terminan las quimios. De la expectativa de que “ya todo pasó”. De la presión por estar agradecida todo el tiempo. De la culpa por sentir miedo cuando, en teoría, deberías sentir alivio.

El cáncer no es sólo un episodio médico. Es una revolución física, mental, espiritual y familiar. Es una reorganización total de prioridades. Es entender que la vulnerabilidad no es debilidad, sino una forma brutal de honestidad.

Sí, hay días en que extraño mi cuerpo anterior. Sí, hay cicatrices que todavía cuentan historias en voz baja. Sí, hubo enojo. Hubo tristeza. Hubo preguntas sin respuesta.

Pero también hubo resiliencia, hubo mucha valentía, pero sobre todo fuerza

Una fuerza que no viene de frases motivacionales, sino de levantarte cuando tus hijos te necesitan y anhelan verte. De aceptar ayuda sin sentir que fracasaste. De permitirte llorar sin maquillaje y permitirte alejarte hasta reencontrarte. De entender que la belleza no está en la simetría del cuerpo, sino en la coherencia del alma.

El cáncer me quitó cosas. Sería ingenuo negarlo. Me arrebató estabilidad en un momento ya frágil. Me obligó a pausar, a despedirme, a soltar, a poner distancias, a enfrentar mis miedos más primitivos y por primera vez a desnudarme y reconocerme. Pero también me mostró una versión de mí que no conocía: una mujer capaz de atravesar el fuego y salir con una mirada más clara y aunque sea difícil de comprender con menos miedos de SER. 

No romantizo la enfermedad. No agradezco el dolor como si fuera un regalo divino envuelto en celofán rosa. Lo que sí agradezco es haber descubierto que soy más que mi diagnóstico. Más que mi cicatriz. Más que mi historia clínica. “Sólo fue una rayita más al tigre.”.

A las mujeres que hoy están recibiendo esa llamada, ese resultado, esa palabra que paraliza: no están solas. Lo que sienten es válido. El miedo es humano. La tristeza es legítima. Y la fortaleza no siempre se ve épica; a veces se ve como simplemente presentarte a tu siguiente cita médica, confiando que mucho del control está en ti.

El cáncer va mucho más allá del tratamiento. Te obliga a redefinir quién eres cuando todo cambia. Pero también te da la oportunidad, si decides tomarla, de elegir qué versión de ti quiere nacer después.

Yo sigo en proceso. Porque esto no termina con una cirugía ni con la última quimio. Esto se integra. Se transforma. Se resignifica.

El cáncer tocó a mi puerta sin pedir permiso. Entró, desordenó, rompió, confrontó. Pero no se quedó con mi identidad.

Esa, la sigo escribiendo yo.

Con amor y valentía,

Mariana Martín. 


Zoe es un proyecto editorial de Opinión 51 que busca contar historias de pacientes de cáncer de mama, sus miedos pero también su motivación y su fuerza. Creemos que las palabras abrazan y acompañan, tu historia puede ser una fuente de esperanza para alguien más.

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Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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