Por Mariana Ramos*
En México, una proporción importante de hogares permanece atrapada en condiciones de pobreza laboral a lo largo del tiempo, entendida como la situación en la que el ingreso per cápita laboral no es suficiente para cubrir el costo de la canasta alimentaria (CONEVAL, 2024). De acuerdo con datos recientes del Semáforo de Movilidad Social del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY), el 65.7 % de los hogares que se encontraban en pobreza laboral en el cuarto trimestre de 2024 siguieron en esa misma situación un año después, es decir, en el cuarto trimestre de 2025. Esta cifra evidencia un problema profundo y persistente: aunque la pobreza laboral ha mostrado disminuciones en los últimos años, muchas familias no logran salir de ella de forma sostenida.
Las estadísticas que comúnmente se difunden tienden a resaltar la reducción de la pobreza en términos netos, sin mostrar cuántas personas han permanecido en ella, cuántas han salido o cuántas han vuelto a caer. Esta mirada parcial limita nuestra comprensión del problema e impide diseñar respuestas más efectivas.
Para contribuir con una visión más completa y dinámica de este fenómeno, el CEEY, a través del Observatorio Social CEEY, actualiza de manera periódica el Semáforo de Movilidad Social, una herramienta interactiva que da seguimiento a diversos indicadores del mercado laboral y de las trayectorias de los hogares. Uno de estos indicadores clave es la persistencia en la pobreza laboral, que mide la proporción de hogares que, habiendo estado en situación de pobreza laboral un año antes, siguen en la misma condición en el presente.
Este indicador permite visibilizar no solo el nivel de pobreza actual, sino también las barreras que enfrentan los hogares para mejorar sus condiciones de vida. Además, el Semáforo permite observar la persistencia no solo a nivel nacional, sino también por entidad federativa y por un conjunto de ciudades (en la medida en que lo permite la muestra de la ENOE), lo cual es fundamental para identificar y reconocer patrones históricos de vulnerabilidad en el territorio.
Los resultados reflejan distintas realidades en el país. Chiapas, Oaxaca y Guerrero destacan como las entidades con mayores niveles de persistencia en pobreza laboral, ubicándose de forma recurrente en la categoría más crítica del Semáforo (rojo). Esto significa que entre el 77 % y el 100 % de los hogares en pobreza laboral en esos estados continúan en esta situación un año después. Lo anterior revela no solo una pobreza más extendida, sino también una pobreza más difícil de superar.
En contraste, entidades del norte de México como Baja California y Nuevo León han mostrado históricamente menores niveles de persistencia (menos del 70 % de los hogares), lo que sugiere mejores condiciones para que los hogares logren salir de la pobreza a través del ingreso laboral. Estas diferencias territoriales deben ser consideradas al momento de diseñar políticas públicas y estrategias de intervención.
Reducir la persistencia en la pobreza laboral implica atender varios frentes; se trata de crear condiciones para que las personas puedan mejorar su calidad de vida a través del trabajo. Para lograrlo, algunas de las medidas necesarias son:
• Promover la formalización del empleo, pues buena parte de la población se encuentra en el sector informal y las medidas que se han tomado para mejorar las condiciones laborales solo cubren al sector formal.
• Fomentar condiciones laborales que permitan la conciliación entre trabajo y cuidados, especialmente en el caso de las mujeres, quienes suelen enfrentar mayores obstáculos para acceder al mercado laboral debido a la carga de trabajo de cuidado en los hogares.
• Garantizar el acceso efectivo a servicios públicos de calidad como la educación, la salud y la protección social, que son fundamentales para romper los ciclos de pobreza intergeneracional.
Esto pone de relieve la importancia de combatir paralelamente las desigualdades estructurales que limitan la movilidad social. Ello incluye eliminar prácticas de discriminación por sexo, edad o condición social, así como redistribuir de manera más equitativa las responsabilidades de cuidados. En México, gran parte del trabajo doméstico y de cuidados recae de forma desproporcionada sobre las mujeres, lo cual limita sus posibilidades de participación económica y perpetúa brechas laborales y sociales.
En suma, la persistencia en la pobreza laboral es una llamada de atención: muestra que muchas personas, a pesar de estar dentro del mercado laboral, no logran salir de la pobreza. Esta realidad debe impulsar tanto al sector público como al privado a tomar acciones. El mercado laboral debe ser una vía de inclusión y movilidad social, no un factor que reproduzca las desigualdades. Reconocer esta tarea pendiente es el primer paso para transformarlo.
*Mariana Ramos estudió la maestría en Demografía en El Colegio de México (COLMEX). Actualmente es asistente de investigación en la Dirección de Movilidad Social del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY). Ha colaborado como asistente de investigación en el Instituto de Investigaciones para el Desarrollo con Equidad (EQUIDE) de la Universidad Iberoamericana, participando en proyectos sobre desigualdad en el acceso a los servicios ecosistémicos urbanos en México.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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