Por Marilú Acosta
No por tener casi 79 años y las cejas llenas de canas significa que la sabiduría te habita. La ignorancia, los prejuicios, la flojera de estudiar y la incapacidad de entender conceptos básicos de biología se presentan a cualquier edad. Y por eso, para ciertas responsabilidades sociales se requiere el uso de un cernidor que separe la incompetencia de la excelencia. Por ejemplo, ser Ministra requiere el aplomo del constante aprendizaje y reflexión; y sobre todo la humildad de aceptar que su opinión y postura es la de un simple mortal y que el error está zurcido a sus talones como su propia sombra.
“Pero mujeres y hombres formamos parte de la familia” dijo una Ministra, después de estimar que “quien haya nacido in vitro a lo mejor podríamos estimar que no forma parte de la familia”. Todo comenzó cuando cita la Convención de Belém do Pará. Parecía interesante, hasta que empieza a hablar con palabras que sólo deberían de manejar adultos responsables: “la violencia puede darse en el ámbito familiar” y “no hay un estereotipo de las mujeres cuando se habla de la familia, salvo quien haya nacido…” Aquí su sistema nervioso central colapsa por no encontrar salida alguna para plantear su idea y alguien le sopla la respuesta: in vitro.
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