Por Marilú Acosta

La revolución de mayor impacto en la historia —y que sigue repercutiendo en nuestros días— fue sostenida y financiada por mujeres. Miriam de Magdala, cuyo nombre significa Torre de la Rebeldía Amada; Yochanah (Juana), la gracia de Dios o la fuente misericordiosa; y Shoshannah (Susana), lirio o loto, la flor de seis pétalos; además de María de Betania, una aldea a un par de kilómetros de Jerusalén. Cuatro judías que rompieron con la tradición, que recibieron las enseñanzas del líder para ellas mismas construir la revolución.

De la que menos se sabe es de Susana; sin embargo, hay una referencia a su nombre en el texto místico y poético más importante de la tradición hebrea, el Cantar de los Cantares (atribuido al rey Salomón): «Como el lirio entre los espinos, así es mi amada entre las doncellas» (Cantares 2:2). Este lirio fue la presencia pura, la simetría silenciosa que floreció en medio de un siglo I espinoso y hostil, para inyectar recursos, belleza y orden en la revolución.

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