Marta Guzmán comparte su experiencia con el cáncer de mama y como fue que la necedad la hizo salir adelante, su consejo: si sabes que algo no es normal, dale espacio.
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Todo empezó en noviembre de 2021. Aún no me hacía la mastografía de ese año, un estudio que me hacía juiciosamente cada año. Pero un día sentí una bolita debajo del pezón del seno derecho. Y no, no era imaginación ni drama: yo sabía que eso no era normal. Nunca había tenido quistes ni bolitas de grasa, así que mi cuerpo básicamente me estaba diciendo: “oye, pon atención”.
Me asusté, claro, pero el miedo no me paralizó; me activó. Llamé a mi ginecólogo, quien muy zen me preguntó: “¿tienes tu mastografía?”. Yo: “la del 2020… ¿sirve?”. Spoiler: no. Me mandó directo a hacer estudios y regresar con resultados en mano.
Con mastografía y ultrasonido listos, volví a consulta. Me dijo que no creía que fuera cáncer, pero que sí había una bolita. Yo, una necia profesional certificada, respondí: “no me voy de aquí sin una biopsia”.
Ese mismo día me la hicieron. Ahí conocí a mi primera oncóloga y empezó oficialmente mi relación tóxica con la palabra “espera”.
Esperar los resultados fue horrible. Yo ya quería que me dijeran “no es nada” y seguir con mi vida. Cuando la secretaria me llamó para citarme, supe que algo andaba mal. Si fuera buena noticia, me mandan un WhatsApp, no una cita. Mi entonces pareja me acompañó y ahí, sin rodeos, me dijeron: sí, es cáncer de mama.
No lloré. Me quedé muy digna, muy estoica… hasta que me explicaron lo del posible catéter para quimioterapia y mi presión arterial se fue a vivir al subsuelo. La doctora me calmó: “vamos poco a poco, estamos a tiempo”. Primer paso: cirugía. Yo, exagerada como siempre, dije: “si hay que quitar una mama, quítame las dos”. Me miró y me dijo: “Marta, no te adelantes, solo vamos a quitar el tumor y unos ganglios”. Yo ya quería que me quitaran todo lo sospechoso, por si acaso.
Me operaron en menos de un mes. Yo tenía un objetivo claro: pasar Navidad sin cáncer. Y lo logré. La cirugía fue rápida y exitosa: tumor fuera y dos ganglios de la axila. Yo bromeaba diciendo que, si de casualidad tenía una tercera mama, también se la llevaran de una vez. Humor negro activado.
Después vino el famoso oncotype, otro estudio y otra espera. Yo ya le había rezado a San Chárbel con instrucciones claras: “haré lo que tenga que hacer, pero el catéter no, por favor”. Al final sí hubo quimioterapia: cuatro sesiones de las fuertes, las rojas, pero por vena. Y contra todo pronóstico… sí aguanté.
Entre quimio y quimio pasaban 21 días. Perdí el cabello, cejas, pestañas y prácticamente todo el vello corporal. Yo decía que ojalá ese último no regresara jamás, pero el de la cabeza sí, por favor. En casa era una bola de boliche lisa e hinchada por la cortisona. Les dije a mis hijos que no se enojaran si alguien les decía “hijos de su pelona”, porque pues… facts. Nos reíamos mucho, aunque también había miedo y momentos difíciles.
No fue fácil, pero fue mucho más llevadero gracias al humor, al amor y a una red de apoyo increíble. Hoy sigo en tratamiento hormonal para que el cáncer no regrese. En noviembre cumplo cinco años desde el diagnóstico y lo digo claro: no soy víctima, soy sobreviviente… y bastante necia.
Tóquense, chéquense y háganse sus estudios cada año. El cáncer de mama, si llega, se puede tratar a tiempo. Yo soy prueba de eso. Y sí, soy cáncer de signo… el colmo de la ironía.
Zoe es un proyecto editorial de Opinión 51 que busca contar historias de pacientes de cáncer de mama, sus miedos pero también su motivación y su fuerza. Creemos que las palabras abrazan y acompañan, tu historia puede ser una fuente de esperanza para alguien más.
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Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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