Por Mónica Hernández
Hace unos días mi hija faltó a la escuela. Para no dejarla en casa jugando videojuegos o “scroleando” redes sociales, la hice acompañarme a una rutina semanal de cualquier ama de casa: la ruta supermercado-tintorería-farmacia-ferretería y tortillería, aunque quedó pendiente una tienda departamental para un cambio. Nada la ilusionó, pero sí noté la sorpresa cuando me formé en la fila de las tortillas, con mi servilleta bordada. Casi nunca voy pero ahora quería que me acompañara a una tortillería de las de siempre, de las de mi barrio. La novedad de la fila de las tortillas solo se vio superada por la experiencia de comerse una tortilla recién salida de la máquina con sal. Nótese que el salero era una mini-botella de coca-cola zero con agujeros en la tapa negra. Con risas y deleite, comentó que había tenido la experiencia más mexicana a la que se podía aspirar. Y es verdad. Solo un bolillo recién horneado se compara con una tortilla recién hecha con un poco de sal.
Ahora que las jacarandas avisan, como siempre de manera anticipada en la ciudad de México, que llega la primavera, me gusta pensar en los rituales. Comenzó el mes de marzo y las temperaturas nos traen jugando a las escondidas: guardas el suéter y el abrigo y bajan las temperaturas matinales a 5 u 8 grados. Sacas la falda y las sandalias pero ese día llueve por la tarde. Te pones lentes de sol pero el aire te los arranca y los manda, junto con los nidos de los pajaritos, al suelo unos 50 metros por delante. El clima no es de fiar estos días y ya parece un político de cualquier país cambiando de opinión.
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