Por Mónica Hernández

Hace muchos años (demasiados si los cuento), mis semanas santas eran viajes a la casa de la abuela materna en Guanajuato, y los recuerdo multitudinarios, calurosos y poco agradables. A los niños no se nos permitía comer carne ni jueves, ni viernes ni sábado, y de alguna manera lo sufríamos. Tampoco podíamos correr, jugar, gritar ni ninguna de las cosas que hacen los niños, porque moverse y hacer más ruido que un mísero ratón equivalía a ofender a Dios (esa figura doliente, sangrante y con cara de dolor de estómago del crucifijo) y, lo que era peor, también a hacer enojar a la abuela.

Porque la abuela era la figura materna como solo lo son las abuelas latinas. Representaba la autoridad máxima en voz y estatura baja, dulce y discreta, pero bien peinada, perfumada a alguna flor (jazmín, violeta o rosa, no recuerdo). No amenazaba, no gritaba, pero sabía mirar de una manera que te daban ganas de confesarte, aunque no hubieras hecho la primera comunión. Era tortura. Y las misas eran obligatorias, eternas y odiosas. No me extraña que la mayoría de los más de 30 primos creciéramos herejes y alejados de la iglesia.

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