Por Nora Cabrera Velasco*

Quienes nos asumimos feministas sabemos que la desigualdad no es una idea abstracta. Se mete en el cuerpo, en el tiempo, en el miedo, en la carga mental, en el cansancio y en la forma en que se reparte la vida. Sabemos también que la injusticia no se sostiene sola: necesita un sistema que la normalice, la administre y la vuelva costumbre.

Por eso cada vez me parece más claro que hablar de la Tierra también es hablar de nosotras.

Mujeres al frente del debate, abriendo caminos hacia un diálogo más inclusivo y equitativo. Aquí, la diversidad de pensamiento y la representación equitativa en los distintos sectores, no son meros ideales; son el corazón de nuestra comunidad.