Por Nuria Palou
Llevo un par de años obsesionada con la infancia y con la huella que deja en nosotros como seres humanos. Empezó con la gestación y el nacimiento de mi hija, desde entonces he tomado talleres, leído libros, escuchado podcasts y conversado con escritoras, escritores, psicólogas y neurocientíficas. Y creo que todas y todos coinciden con aquello que Proust escribió en su libro “En busca del tiempo perdido”: “la infancia es el único paraíso verdadero”. Quizá por eso está llena de recuerdos, memoria sensorial y al final es el momento en que germina el sistema con el que aprendemos a percibir el mundo y a nosotras mismas.
Algo que me cimbró fue entender que el primer año y medio de vida es fundamental para crear un vínculo seguro con nuestros cuidadores —principalmente la madre y el padre—. Es el tiempo en que nuestras impresiones sensoriales quedan tatuadas en el sistema nervioso y en que se forman, con una precisión casi microscópica, los vínculos emocionales que nos acompañarán siempre.
La infancia es nuestro gran narrador, del que nace nuestra voz interior: ahí se forman los deseos, nuestras heridas y las grandes (por no decir enormes) preguntas existenciales que atraviesan nuestra vida adulta. Por eso este texto es un homenaje a mi padre. El enorme padre que me tocó.
Desde niña fui expuesta a historias de aventuras como las de Tom Sawyer, a subir y bajar montañas, a acampar en el bosque, a esquiar, y sobre todo a tener una estructura sólida desde la cual explorar mi naturaleza humana con una libertad (casi) total. Las frases que más escuché —o quizá las que más se me repitieron— fueron: “Nuria: saber y gobierno”, “haz de tu vida un papalote” y “cada quien sus hormonas”. Hoy me puedo reír; en su momento las fui entendiendo poco a poco. Ahora sé que, desde muy pequeña, se me dieron las riendas de mi vida con mesura, pero con absoluta congruencia.
Mi papá es la persona más congruente, íntegra y honesta que conozco. Esa es la única forma de definirlo, o en que lo puedo presentar. También la persona más meticulosa que conozco.
Enrique Palou me ha enseñado que todo lo bueno se construye con constancia y disciplina. Su rigor —en absolutamente todo lo que hace— ha sido y sigue siendo la clave de sus éxitos. Y, sobre todo, de la forma en que ha ejercido su paternidad: con absoluta presencia, responsabilidad y una entrega en la que nunca ha fallado. En su momento, viajó muchísimo por trabajo, pero siempre compensó ese tiempo a su regreso. Siempre estaré agradecida de esto. Nunca se ha traicionado a sí mismo, ni lo ha hecho por nada ni por nadie. Creo que poco se le reconoce a quien nunca se traiciona. Un valor que a través de su ejemplo, me lo ha instaurado hasta la médula.
Para Rosario Castellanos, la infancia es el primer territorio donde nace la conciencia crítica. Yo tengo la inmensa fortuna de que ese territorio, estuviera acompañado por un padre que me enseñó a mirar el mundo con libertad, con criterio y con una brújula ética que nunca pierde su camino. Gracias, papá. Gracias, Cunco.
Este texto es para ti.
Por todo lo que sembraste sin saber cómo iba a salir esta historia.
Por todo lo que sigue sembrando ahora en tus nietas.
Por el padre excepcional que eres.
Love you, tu Cunca.
Comments ()