Por Nurit Martínez Carballo
Apenas habían pasado las primeras dos semanas de este año cuando, al intentar hacer un balance de cómo avanzaba con mis propósitos de 2026, me vi inundada en redes sociales —gracias al algoritmo— por una oferta excesiva de alternativas para incorporar la inteligencia artificial (IA) a la vida cotidiana, laboral, educativa y de la salud. Una lista interminable de promesas. En medio de ese alud, me topé con el Informe de Riesgos Globales 2026, que en uno de sus apartados lanza una advertencia inquietante para los próximos años: la dificultad de reconocer lo intangible, aquello que nos permite asignar valor a lo humano.
La pregunta no es nueva ni particularmente original: ¿qué es el ser humano? Nos la hacemos desde tiempos fundacionales. Durante siglos, la respuesta se apoyó en la capacidad de pensar, sentir y reflexionar. Sin embargo, aquello que tanto defendimos comienza a mostrar fisuras. El avance de la IA tiene un efecto directo sobre habilidades humanas básicas: el pensamiento crítico se atrofia cuando la tecnología se convierte en un “segundo cerebro”; la capacidad de discernimiento se ve rebasada por la desinformación y los mundos paralelos de los deepfakes; y la habilidad de socializar se debilita cuando cada vez más dialogamos frente a una pantalla.
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