Apr 13 • 5M

El dichoso número de la revocación

Los números en realidad son siempre manipulables. Dóciles y sumisos, terminan por decir lo que uno quiere que digan.

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Ana María Olabuenaga

Pocas cosas en el mundo con una imagen tan pulcra y objetiva como los números. El número es el número: la cuenta, el resultado. Sin embargo, más allá de las tablas de multiplicar y aun las de la ley, los números en realidad son siempre manipulables. Dóciles y sumisos, terminan por decir lo que uno quiere que digan. Las 16 millones de personas que participaron en la revocación, ¿son muchas o son pocas? Depende. Como los números tienen un lenguaje propio, todo radica en el traductor en turno. Con ello, la frialdad de los números se convierte en un cuento. Yo cuento y él también cuenta. Depende de cómo se cuenta y desde dónde se cuenta. Por eso la revocación puede ser, al mismo tiempo, un éxito y un fracaso. 

Vayamos primero con el fracaso, y ese radica en que tan solo el 17.72% del electorado participó. 17.72%, calcule usted el enorme fracaso.  Y es que eso significa que a su contraparte, el 82.38%, no le interesó concurrir. En términos mercadológicos significa que el mercado que compró el discurso oficial es infinitamente más pequeño que el que no lo compró. ¿Lo compró? Lo cierto es que a la gente no le interesó emitir su voto ni cuidar el destino del resultado. Le dio igual. La apatía o el desprecio dominaron en la inmensa mayoría: 82.38%. Se trata del proceso federal electoral con más abstención en la historia del México moderno. Nunca en un proceso anterior participó menos gente. Este es el vergonzoso fracaso.

El éxito, por su parte, consiste en que un relevante 17.72% del electorado participó. 17.72%, calcule usted el enorme éxito. De ellos, la inmensa mayoría votó a favor, con lo cual, el número que obtiene el presidente corresponde a su voto duro. En la elección de 2006, el presidente obtuvo 14 millones 756 mil votos; en la de 2012, 15 millones 848 mil votos, y, en la revocación, 15 millones 158 mil, lo cual significa que no perdió a los que ha tenido siempre. Casi el doble de lo que Anaya y Meade obtuvieron en la elección presidencial pasada. Una base sólida y robusta que le sirve como punto de partida. Este es el admirable éxito.

Por si fuera poco, ese dichoso 17.72% es también la calificación que el partido oficial le pondrá a cada estado. Esa es la vara con la que a cada uno se le medirá.  Para pasar hay que estar por arriba del 17.72% que fue la participación general; los que están por debajo reprobarán. Con ello, el país se dividió en dos: la mitad tiene más, la mitad menos. Tabasco, el estado donde nació el presidente, es el que encabeza la lista; Jalisco, gobernado por un adversario, es donde la gente menos participó. Los que confían y los que no. La Ciudad de México pasa, y, aunque sin pena ni gloria con un 19.7%, la jefa de Gobierno puede decir que pasó.

Pitágoras decía que los números son el lenguaje en que se expresa el Universo, todo aquello que vemos y no vemos. Así pues, si ya vimos que el fracaso es el 82.38% y el éxito el 17.72%, lo que parece que no vemos es que el éxito y el fracaso son parte de lo mismo. Son la misma cosa. Nada cambió.

@olabuenaga


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