Dec 24, 2021 • 8M

Mi propia criptomoneda

Este 2021 aprendí que el tiempo fue el valor más importante que estaba dispuesta (o no) a transar y que es el método de pago y recompensa más difícil de calcular pero que logré aprender cuánto vale.

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Están los años buenos, los años malos, los años de cambios, están los años bisagra, los años olvidables y está el 2021. 

Llevo semanas tratando de definir este año y no encontraba cómo hacer el clásico balance. 

Y me di cuenta que no era una cuestión de Debe y Haber, pero si tenía que ver con la Administración.

Hay muchas maneras de ganar dinero: sudarlo, encontrarlo o robarlo. 

O, también poniendo precio a lo único que no podemos ni recuperar, ni reciclar, ni sostener y mostrar: el tiempo. 

Hace 12 años una persona, supuestamente japonesa y supuestamente llamada Satoshi Nakamoto, publicó unas miles de líneas de código y con un click en su computadora creó una nueva moneda, el bitcoin. 

Cien años antes, Henry Ford proponía convertir a la energía en una moneda: abandonar el ‘patrón oro’ que gobernó las finanzas mundiales hasta 1973 (cuando fue reemplazado por los dólares estadounidenses) por uno que usara a la energía como respaldo. 

Por eso descubrí que mi ‘patrón oro’, mi ‘bitcoin personal’ es el tiempo. 

El tiempo es nuestro solo en el futuro, donde podemos planear cómo usarlo.

Pero una vez que lo estamos usando se nos escurre de las manos y lo convertimos en un recuerdo. 

Por eso uno tiene que ser cuidadoso con esa porción reducida de valor de nuestra idea del tiempo.

Por ejemplo, mi tiempo incluye 48 años de vida detrás de mí, pero no lo puedo usar ni vender. No está guardado, no está añejándose sumando valor futuro. Simplemente no existe más.

Por eso entendí que tenía que ser muy egoísta y celosa de a quién o a qué le iba a permitir compartir mi tiempo, porque una vez que se usara nunca más lo podría recuperar.

Nadie nos devuelve ni un minuto, ni una hora, ni un día ‘gastado’ de una manera equivocada. 

El bitcoin es una moneda ‘que no está ahí’: es una idea de un activo que hoy tiene valor solamente porque hay otra gente dispuesta a asignarle valor. 

En el caso del tiempo también: sólo tiene valor mientras no esté ahí. Una vez que llega a la fugacidad del presente desaparece sin dejar rastro. 

Estamos cooptados por esta idea del capitalismo que nos ha dejado tatuado que solo el tiempo productivo es cualitativo y tenemos que sacrificarnos y torturarnos para ganarnos el derecho a dormir o a descansar. 

Si no ‘hice’ algo productivo con mi tiempo, yo estaba acostumbrada (¿por cultura?) a decir que ‘había perdido el tiempo’. 

Solo el tiempo aplicado a realizar algo útil parece traer un valor intrínseco. 

El otro tiempo, el que no redituó en nada ‘monetizable’ fue como  papel pintado.

Las empresas, los empleadores y los socios muchas veces actúan como si fueran dueños absolutos de nuestro tiempo. 

La relación económica que tenemos con el tiempo está minada de escalas de valores: qué es más importante, qué es más urgente, qué es más socialmente aceptable (porque está esa concepción calvinista de trabajar cuanto sea posible porque el trabajo es salud y dignidad). 

¿Quién no ha escuchado alguna vez en su oficina, que (al irte a la hora de salida que dice tu contrato) te dijeran por lo bajo “¡una beca de esas!”?

Y este año la cotización de MI criptomoneda cambió: desde el momento que alguien quiso que mi trabajo fuera de 12 horas de lunes a lunes, decidí renunciar (aún sabiendo que mi sentimiento judeo-cristiano de culpa estaría esperándome para morder mi yugular). 

¿Cuánto vale el tiempo que le dedicó a estudiar algo nuevo? Mucho más de lo que yo había calculado antes de anotarme en un Master de Branded Content en línea que me dejó mucho más horas cursadas. Ahí aumentó la cotización de mi criptomoneda tres a cuatro veces por semana en la hora del almuerzo. Trajo un vagón de contactos, de amigos, de colegas que no es posible ‘comprar’ con unas ‘horas’ de clases. 

La calidad del tiempo es importante incluso en mi familia: si mi hijo Lucca no avanzaba en un método de enseñanza y de rehabilitación física, no era solo una cuestión de acumular horas sino de seleccionar cómo iba a ser el contenido de esas horas. Y me alegro mucho de haber gastado un poco de mis criptomonedas de tiempo para evaluar, animarme a valorar y hasta cambiar de modelo de trabajo para la mayor independencia que pudiera lograr con su parálisis cerebral. 

Este año aprendí a ser muy tacaña con mi tiempo, con mi divisa personal: he dicho que NO muchas más veces que antes a proyectos, a propuestas de empleo y actividades que en otro momento hubiera dicho que sí solo porque “pensaron en mí. Gracias”. 

Decidí que no quiero gastar mis criptomonedas con gente que no piensa como yo (o más bien, que no comulga con mis mismos valores), con personas que solo me buscan para que resuelva algo o entregue mi creatividad + mi tiempo + mi atención a cambio de una retribución que es muy desigual. 

Estar ocupada no es importante. Ya no. 

Este año traté (aún peleando contra mi misma) de no gastar tiempo en actividades o reuniones, o grupos que no me completen, que no formen parte de mis sueños o de mis planes de vida. 

Hacer algo ‘por mientras’ es carísimo. Es ir al casino sabiendo que vas a perder todo lo que llevabas contigo al momento de cruzar ese umbral. 

Cuando miras hacia adelante y ves que lo más probable es que el tiempo que te queda es menor al tiempo que ya ‘gastaste’, es momento de comenzar a ponerle más ceros a ese espacio de vida que queda (que encima es imposible de calcular su extensión).

No ha sido fácil, requiere de una administración diferente de nuestros valores, de lo que nos importa o no que lo que crean o consideren otros que debamos ser o hacer. 

Mi tiempo no es transable. Mi tiempo no es moneda de cambio devaluada. 

Mi tiempo es único y quien quiera un puñado de él deberá estar en sincronía con quien tiene el poder sobre esas arcas, es decir, conmigo. 

Aprendí a decir NO muchas más veces. 

Aprendí a decir SI sólo a lo que está en línea con quien siento que soy hoy (que no es la misma persona que hace tres meses y menos aún la misma persona que hace un año).

El tiempo es finito, breve, no renovable, no reembolsable, no replicable. 

Es carísimo.

Y su cotización, como la del bitcoin, va en ascenso a medida que van quedando menos monedas en mi Tesoro Personal. 


Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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