La culpa no es (toda) de Facebook

El mundo digital solo ha venido a recalcarnos de una manera exponencial todo lo que no hemos resuelto.

Las generaciones que crecimos sin Facebook (lanzado en 2004) también lo hemos hecho bajo escrutinio social, también hemos crecido con profundos complejos y sentimientos de baja autoestima, tantos que nos es muy complicado y tardado deconstruir y distinguir, a pesar de las oleadas de feminismo, que esas inseguridades se generan desde afuera y no desde dentro, desde la cultura, la religión, la política y no desde nuestra individualidad. Muchos años el mundo de la belleza, la moda y de las revistas impulsó cánones que nadie cuestionaba y que había que cumplir, o intentar cumplir. Cuando vino el cuestionamiento, después de que miles de mujeres hubieran muerto por desórdenes alimenticios por buscar sentirse amadas y confundirlo con lograr cuerpos de modelos, pocos fueron los gobiernos que generaron leyes que limitaran los abusos por parte de las industrias y que castigaran el daño físico, psicológico y moral hecho a la sociedad. El Reino Unido, por ejemplo, prohibió en la publicidad el retoque de imágenes. 

El mercado global de belleza y cuidado personal se valoró en 422,72 mil millones de dólares en 2020, según Business Wire, y se espera que alcance los 558,12 mil millones de dólares, creciendo con una tasa compuesta anual del 4.82% para 2026. El año pasado planteó desafíos difíciles y el encierro por Covid-19, por ejemplo, provocó que casas como Gucci y Chanel retiraran sus shows y presentaciones llamadas “crucero”. Pero a pesar de esto, el mercado global de la indumentaria se estimó en 1,46 mmdd en 2020. Y se proyecta que para 2025, alcance los 2,25 mmdd. Porque si bien la venta de perfumes cayó durante el encierro, la de ropa deportiva tuvo un fuerte incremento. Y si le rascamos un poco más, vemos cómo el complejo se cuela a pesar del virus, a pesar de todo. Los cirujanos estéticos vieron incrementar desde un 20% a un 60% sus operaciones durante los últimos meses de 2020 y la primera mitad de 2021, reportan medios de todo el mundo. 

Las mujeres hemos sido medidas con una barra distinta y mucho más alta que la de los hombres cuando de “guapura” se trata. Los hombres han podido recargarse en su inteligencia, en su simpatía, en su dinero, y hasta en su bajeza machista de sentirse superiores. Para que una mujer se considere atractiva ha debido calificar en cuerpo, cara, estatura, pelo, tono de piel, juventud y vestimenta. Como bien señalaba la periodista Naomi Wolf en su libro The Beauty Myth, las mujeres del mundo moderno hemos vivido obsesionadas con la perfección física, en una espiral interminable de esperanza, autoconciencia y odio a nosotras mismas, tratando de encajar en la definición de la belleza y, agrego, sólo la belleza. Los índices en los estudios de Facebook sobre los efectos nocivos de Instagram, en los que se señala que un 32% de adolescentes usuarias de la red afirmó haber incrementado sus niveles de ansiedad, depresión e incluso experimentado intentos de suicidio, son solo un dejà vu del repunte de la bulimia y la anorexia en los años 80; es una vez más la sociedad rechazando las arrugas y las canas, es la sociedad - hombres y mujeres - diciendo que no vales nada después de los 40. Cuarentonas, ¿se han tomado selfies que quieran presumir desde sus teléfonos sin meterles un filtro? Yo, cada vez menos. Las mujeres hemos ganado algunos espacios de libertad en el mundo patriarcal, pero aún sufrimos la cárcel en nuestros propios cuerpos. Los cuerpos que hace años empezamos a utilizar como espacio de poder y de rebeldía. Los cuerpos que no nos dejan mentir por las mil y una posturas, ropas, tintes o cirugías a través de las que queremos esconderlos, escondernos. Facebook y sus acciones, o mejor dicho, sus no acciones, como lo afirma France Haugen, la ex empleada de la empresa fundada y dirigida por Mark Zuckerberg, no son el principal problema. Facebook no es la enfermedad sino el síndrome de comportamiento que manifiesta una variedad de características psicológicas, sociales y culturales de la humanidad que no hemos logrado resolver. Si bien el algoritmo y el mensajero son las redes sociales, el contenido es generado únicamente por sus usuarios y los usuarios somos nosotros. Aquel puesto de revistas ponía siempre hasta enfrente las publicaciones más vendidas. Aquel productor elegía siempre a la de ojos claros como protagonista de su telenovela. Aquel editor no ponía mujeres gordas en portadas. Aquel publicista elegía siempre a la de tez blanca para su campaña. El mundo digital sólo ha venido a recalcarnos de una manera exponencial todo lo que no hemos resuelto. Urge regular, legislar, pero no sólo a Facebook sino a cualquier miembro de la cadena en la industria que nos ha metido en la espiral de la locura. Porque si no, habrá otra industria que prometa curarnos de lo que han provocado “los otros”. 

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