Apr 25 • 6M

Debanhi

Muchas se habrían salvado si la policía atendiera las pistas que los padres y los colectivos de búsqueda les entregan ante su ineficiencia.

Valeria Villa
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Valeria Villa

Audiocolumna narrada por la autora

Es jueves por la noche y casi termino la jornada laboral. Me siento a escribir esta columna. No puedo huir de las noticias como lo hago de manera cotidiana. Desde hace algún tiempo limito mi consumo de información y aunque sé que la realidad no desaparece, estoy un poco menos angustiada que antes. Pero la tragedia es tan grande que es imposible no verla y decido escribir sobre ella.  Me siento a leer varios artículos de investigación sobre las personas desaparecidas en la carretera de la muerte que lleva de Monterrey a Ciudad Victoria, en la que a cien personas se las tragó la tierra en lo que va de este año: familias enteras, choferes de taxi o de camión, mujeres y niñas. La carretera es un espacio regido por la ley de los cárteles que deciden sobre la vida y la muerte con total impunidad.

      También leo sobre las mujeres que han desaparecido en distintos municipios de Nuevo León: 52 en lo que va de este año. La foto de Debanhi Susana Escobar Bazaldúa, sola en una oscura carretera de Escobedo y su desaparición está por todas partes. En esto se ha convertido México: un país en el que la vida de las mujeres no tiene la importancia suficiente como para que las fiscalías atiendan con rapidez las denuncias por desaparición. Muchas se habrían salvado si la policía atendiera las pistas que los padres y los colectivos de búsqueda les entregan ante su ineficiencia. 

      Leo en redes a muchísimas mujeres aterradas por la ola de las desapariciones. Que la próxima podría ser yo o alguien cercana es el pensamiento recurrente. Se llama trauma vicario, que es el que se experimenta por atestiguar hechos traumáticos. Ver, escuchar o leer algo relacionado con la traumatización ocurrida a otros. Los más afectados son la familia directa y los amigos de las víctimas. El impacto es acumulativo e inevitable. 

      El microtrauma derivado de la práctica profesional se atiende poco y mal: periodistas, defensores de derechos humanos, terapeutas, a través del relato o escritos de la víctima primaria o de sus familiares. También la gente que asiste emergencias y aunque parece que no, los policías y abogados. Todas estas profesiones padecen la llamada fatiga por compasión. Las consecuencias son físicas, psicológicas y sociales. Las más comunes son cambios en los patrones de sueño y alimentación, dolores físicos sin causa médica aparente, ansiedad y depresión extremas, cambios agudos de estado de ánimo, deterioro de las relaciones interpersonales. 

     Por estas razones muchos se hacen de una piel dura para poder enfrentarse a la muerte y al dolor sin sufrir trauma secundario. La violencia en este país es de un grado tal que la única salida es la negación o la indiferencia.

      ¿Qué pasaría si fuera yo, mi hija o mi amiga o mi hermana? No hay forma de dejar de hacer esta pregunta. Es tal la suma de tragedias que ya casi nadie piensa que sea posible que las cosas sean distintas. Es horrible la certeza de que en México no hay esperanza de detener las desapariciones y asesinatos de mujeres y hombres. Todos sentimos que estamos solos.

     Cada día desaparecen 7 mujeres y 11 son asesinadas. Es una tragedia humanitaria atizada por la indolencia y la negación del Estado, incapaz de aceptar que no se trata solo de violencia intrafamiliar o de pareja o de descuidos o accidentes de jóvenes irresponsables, sino de redes de trata dedicadas al secuestro de mujeres. También es un castigo cada vez más violento de hombres que someten a mujeres que ejercen su libertad y que al encontrárselas en el camino, creen que se merecen la violación, la muerte y la desaparición. Lo hacen porque odian a las mujeres que ejercen el derecho a ocupar la calle y porque saben que no habrá castigo.

      Se nos olvidan las madres buscadoras de Nuevo León, su valentía y su dolor inimaginable; se nos olvidan Lulú Huertas y María Fernanda Contreras; Cynthia, Elvira y Blanca, desaparecidas al salir de una fiesta; Coral y Yesenia, secuestradas por hombres armados.  

      Mientras escribo, las noticias dicen que apareció el cuerpo sin vida de Debanhi. Veo al padre y a la madre en la televisión. No saben qué hacer, se sienten traicionados por la fiscalía estatal que no atendió el caso con la urgencia que se requería. Pienso que yo no podría seguir viva si algo le pasara a mi hija, pero la vida sigue y yo escribo este artículo desde la seguridad de mi casa y solo alcanzo a pensar en lo que me da sentido y propósito. No pretendo despertar conciencias con estas letras, más que la mía, que a veces se adormece frente al horror cotidiano. 

      Además de no olvidar los nombres de todas estas mujeres y de tantas otras, pienso en las palabras de Baruc, hermano de Wendy, desaparecida en San Francisco, Nayarit, el 9 de enero de 2021: “El Estado solo busca cuando existe presión sobre de él, por eso se los digo: si un familiar les hace falta, salgan. Cierren avenidas, hagan plantones, lo necesario para crear presión”. 

@valevillag


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