El arte de escuchar

La pandemia nos confrontó con partes de nuestra personalidad que habían sido manejables.

La salud mental cobró, finalmente, la importancia que tiene como parte de la salud integral. La pandemia nos confrontó con partes de nuestra personalidad que habían sido manejables hasta ahora y que el miedo al contagio, a la muerte, el encierro, la pérdida de contacto físico, arrojaron a miles a buscar ayuda psicológica. Muchas asociaciones ofrecieron terapia gratuita y líneas de emergencia. Los consultorios virtuales colapsaron frente a la demanda inédita de pacientes que sufrían depresiones, ataques de ansiedad, insomnio, ganas de morirse, fobias acrecentadas, miedos terribles. 

Existen muchas formas de terapia. Modos distintos de comprender lo que significa la ayuda terapéutica. Quizá todos los que la practicamos, desde distintos marcos teóricos y formas muy personales de ejercerla, queremos que el paciente deje de sufrir y que tenga una vida más habitable. Sería ocioso competir por cuál es el mejor modo de ayudar. Las terapias cognitivo-conductuales pueden ser útiles para casos de fobias y trastornos obsesivo compulsivos; son muy populares porque son directivas, de corto plazo y porque sirven para eliminar el síntoma. Por lo menos en Estados Unidos, son las únicas que pagan los seguros médicos. 

Existen, por otro lado, las psicodinámicas, que incluyen a la terapia de relaciones de objeto y al psicoanálisis. Estas se centran menos en el síntoma y mucho más en el contexto en el que aparece. Su objeto de estudio es el misterio que es la mente y están basadas en la relación que se establece entre el terapeuta y el paciente, que construyen juntos una tercera entidad, formada por los inconscientes de ambos. 

En los años de la formación y hasta hoy, pienso que la gran herida narcisista es aceptar la existencia de lo inconsciente: que nadie sabe realmente lo que quiere. Que nos atraviesa la duda y el misterio. Que a veces nos destruimos y destruimos lo que más amamos. 

El elemento enigmático de la vida, entender que hay cosas que jamás sabremos, pero sobre todo, ejercer la escucha terapéutica y ayudar a que los pacientes piensen y hablen de cosas no pensadas ni habladas nunca antes, es parte de lo que me mantiene viva e interesada en mi profesión. 

Las terapias psicodinámicas son más adecuadas cuando el sufrimiento del paciente es más difuso y los síntomas son más existenciales: sentimientos de vacío, dificultades para relacionarse, miedo al abandono o a ser atacado, duelos, falta de crecimiento laboral vivido como fracaso y vergüenza por no alcanzar el yo ideal.

La herramienta fundamental de la terapia psicodinámica es la capacidad para escuchar.

La escucha en el consultorio debe comunicar que el sufrimiento es bienvenido, que no corre prisa para que desaparezca, que se recibe sin juicio y sin consejos sobre cómo eliminarlo rápidamente. 

Esta escucha requiere de sintonía, que no solo atiende al contenido verbal sino sobre todo a lo que sienten terapeuta y paciente en presencia del otro. La relación que se establece es asimétrica porque el foco está puesto en lograr, en palabras de Thomas Ogden,  los cambios psicológicos que le permitan al consultante vivir su vida de manera más plenamente humana.

Las distintas formas que los pacientes han encontrado para defenderse – aislándose, agrediendo, desconfiando, sobrepensando, anticipando los peores escenarios, comiendo o bebiendo compulsivamente o restringiéndose cualquier placer, intentando controlarlo todo, exigiéndose y exigiendo perfección – les han salvado la vida. Desmontar esas defensas tomará tiempo y paciencia. 

El diván y el analista tomando nota a espaldas del paciente, es la imagen estereotipada de una práctica que consiste, en esencia, en entregarse a los pensamientos inconscientes del paciente y del terapeuta. El paciente dirá lo que pueda decir y no todo lo que piensa, como dice la regla original freudiana. El silencio deberá respetarse porque existe un núcleo íntimo que quizá nunca se compartirá con nadie. La terapeuta escuchará y no hará demasiados esfuerzos por organizar lo que escucha. Sin memoria y sin deseo, recomienda Wilfred Bion. Ya habrá tiempo de pensar al paciente, de supervisar el caso y de incluso hablar de lo que le despierta a la terapeuta en su terapia personal. 

La cura mediante la palabra es un continuo que empieza desde lo no pensado-no sabido, a lo casi no detectable, a lo que se siente, a lo que se puede hablar, a lo elaborable, que puede vivirse como una transformación constructiva de la personalidad.  De lo inconsciente a lo consciente. 

Donald Winnicott afirma que la terapia debe permitir la creación de un espacio para vivir entre la realidad y la fantasía. Es decir, para que sea posible soñar, anhelar, desear, sin dejarse abrumar por la realidad pero tampoco perdiéndola de vista. Es la co-creación de un lugar que se siente compartido, cuyo fin último sería construir una vida propia, como dirá Marion Milner. 

Lee más de Valeria Villa


Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

A guest post by
Columnista.