Por Palmira Camargo*
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Elegir una mesa en un restaurante cerca del baño, calcular si el trayecto en carretera aguanta sin una parada, declinar una invitación que implica pasar la tarde fuera de casa o dejar de correr o de hacer ejercicios de fuerza, parecen ajustes menores, que podrías hacerlos sin pensarlo; pero cuando se vuelven la regla, describen una vida que se fue limitando sin que nadie lo notara.

Muchas de esas decisiones tienen un origen que rara vez se nombra en voz alta: la incontinencia urinaria. Y que rara vez llega a la consulta médica.  La literatura clínica estima que entre 50% y 70% de las personas que viven con esta condición no busca orientación médica, y que en las consultas no se menciona el tema.  El silencio, entonces, viene de las dos partes: de quien no lo dice y de quien no lo pregunta.

Lo que sabemos en México es poco y disperso ya que no hay una encuesta nacional que mida cuántas personas viven con incontinencia. Lo que existe son estudios locales: por ejemplo, uno realizado en mujeres mayores de 60 años en el sureste del país encontró que más de la mitad presentaba incontinencia urinaria, siendo partos y diabetes las principales causas señaladas. Pero esto es solo en una muestra pequeña y regional, y ese es justamente el punto: no sabemos cuántas personas la viven, cuántas la consultan ni cuánto cuesta atenderla. Lo que no se mide difícilmente se presupuesta.

Tampoco se nombra quién la vive. La mayoría de los casos ocurre en mujeres, y las causas lo explican: embarazo, parto, posparto, menopausia. También aparece en hombres después de ciertos tratamientos de próstata, en personas con diabetes o condiciones neurológicas, y a cualquier edad. Decirlo con claridad sirve para desmitificar dos ideas: que la incontinencia es una consecuencia inevitable de la vejez y que es un asunto demasiado menor para ocupar tiempo clínico.

El cambio demográfico agrega urgencia. De acuerdo con el Instituto Nacional de las Personas Adultas Mayores (INAPAM), con base en estimaciones del Consejo Nacional de Población, en 2025 vivían en México 17.1 millones de personas de 60 años o más: 12.8% de la población. No porque la edad cause incontinencia de manera automática, sino porque el grupo donde más se concentra va a crecer, y el sistema de salud llegará a ese punto con o sin preparación.

El costo tampoco es sólo clínico. Según información recopilada por TENA, la marca de cuidado de la incontinencia de Essity, seis de cada diez personas que viven con esta condición abandonan practicar ejercicio por temor a una fuga. Dejar de moverse acelera la pérdida de masa muscular, aumenta el riesgo de caídas y limita la vida social. 

Prevenir, significa adelantar el diagnóstico, y eso se traduce en decisiones concretas. Incorporar dos o tres preguntas de tamizaje al control posparto y a la valoración de personas mayores en el primer nivel de atención, algo de costo casi nulo pero que cambia por completo el momento en que alguien se entera de lo que le pasa. El entrenamiento de piso pélvico es tratamiento de primera línea en las principales guías clínicas, y su disponibilidad en el sector público mexicano sigue siendo limitada. Incorporar la incontinencia a alguna de las encuestas nacionales de salud, para dejar de discutirla con datos de otros países, también es necesario.

La petición no es de más producto, sino de más diagnóstico: una mujer que llega a tiempo a consulta después de un parto muchas veces no necesita producto, necesita fisioterapia. El diagnóstico tardío nos conviene menos de lo que parece, porque una condición que se vive en silencio también se atiende en silencio, con soluciones improvisadas y sin seguimiento.

Las instituciones de salud tienen la llave de la detección temprana; la academia, la de la evidencia que hoy falta; los centros de trabajo, la de entornos que no obliguen a nadie a inventar excusas; las familias, la de acompañar sin tabúes y la industria puede aportar innovación y datos.

Incorporar la incontinencia a la agenda de salud pública no busca alarmar a nadie. Busca que deje de ser una condición que se resuelve a solas, y que quien la vive no tenga que elegir entre salir de casa y estar tranquilo.


*Palmira Camargo es abogada de formación y cuenta con más de 25 años de trayectoria en sustentabilidad, relaciones institucionales y asuntos corporativos. Ha liderado estrategias de ciudadanía corporativa e impacto social, enfocándose en generar valor para la sociedad y promover el bienestar. Actualmente es líder de comunicaciones corporativas en Essity.


Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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