Un joven que ocupa la mitad de la pantalla se comunica con su audiencia; les cuenta que, por culpa de la imagen que muestra, le cerraron el canal de YouTube, pero aquí está de vuelta con el material completo, como lo prometió.
Como lo hacen los creadores de contenido que se sientan a opinar de otros videos, él hace lo mismo, solo que los videos son pornográficos.
El joven que los narra es el mismo que, años después, le quitó la vida a una mujer canadiense y mantuvo como rehenes a turistas en la Pirámide de la Luna, en Teotihuacán.
Tiene un ligero acento de la costa y pide a su público que le done dinero.
“Ey, si te gustó el video, recuerda darle like y suscribirte al canal de Mamá ****, que está acá abajo en la descripción, papá. Ya tú sabes, ahí salgo de vez en cuando; yo edito los videos. Ayúdenme, apóyenme. Y, aparte, usen mi código, por favor.”
Es raro cuando una persona no tiene alguna huella que permita rastrearla en internet; aun cuando no tenga redes sociales, casi siempre hay algo: un amigo que subió una foto en la que aparece, una imagen en la que sale sin haberse dado cuenta de que fue fotografiado o hasta una revista de sociales, y eso nos permite ir rastreando quién es una persona. Google no hace búsquedas específicas de rostros por seguridad, pero hay sitios especializados que sí lo hacen con gran eficiencia.
En el caso de Julio César, los resultados de la herramienta que suelo utilizar para rastrear rostros eran de páginas con contenido pornográfico. En una de ellas, contenido que podría clasificarse como delito. Eso no necesariamente quiere decir que él la haya subido exactamente a ese sitio, pero sí lo habría alojado en un sitio de contenido porno, como él mismo lo comenta a lo largo del video.
Esa misma herramienta lo ubica también como actor en otro video. Se trata de un video que sucede en un salón de clases que, al fondo, muestra pósters de momentos de la historia mexicana, en donde un hombre y una mujer le dan “clases” de educación sexual a un grupo de hombres jóvenes.
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