Por Laura Pamela Sandoval*
México lleva más de 30 años apostando a que fabricar tecnología ajena terminará convirtiéndolo en dueño de la propia. La apuesta construyó una plataforma industrial formidable. La segunda parte sigue pendiente.
El Índice Mundial de Innovación de la OMPI (Organización Mundial de la Propiedad Intelectual) evalúa algo más que inventos: examina si un país tiene instituciones, investigación, financiamiento y vínculos productivos capaces de convertir conocimiento en valor. México ocupa el lugar 65 entre 139 economías, frente al 58 del año pasado. La caída merece cautela: los cambios metodológicos y la incertidumbre estadística impiden leerla como una medida exacta del deterioro. La contradicción más reveladora está dentro del índice. Estamos en el puesto 81 en las condiciones que sostienen la innovación: educación, infraestructura, capital e instituciones y en el 53 en sus resultados, como productos tecnológicos y creativos. Esa distancia habla de un país que obtiene resultados pese a sus carencias. También revela el límite de una estrategia que lleva décadas confiando en que el talento y la integración industrial compensen la falta de inversión y continuidad.