Por Paola Palazón Seguel*
Cuando hablo de salud mental siempre digo que no quiero asustar, pero la verdad es que sí: sí quiero hacerlo. Porque estamos frente a una crisis que no hemos dimensionado, sino ante la cual tampoco estamos haciendo lo suficiente.
Las cifras empeoran año con año y las alertas se encienden cada vez más cerca, cada vez más temprano.
El suicidio, por ejemplo, muestra con crudeza la dimensión del problema. Estamos viendo un fenómeno muy preocupante: mientras durante mucho tiempo la evidencia ubicó el inicio de la conducta suicida en la adolescencia, hoy la estamos viendo en niñas y niños de primaria. Esto es profundamente alarmante, más considerando que la estadística global apunta a que cada 40 segundos una persona se quita la vida. Eso quiere decir que, mientras lees este párrafo, alguien tomó esa decisión y pudo ser un niño o una niña. Demoledor.
En México estos focos rojos también se encienden. El 3 de marzo, Save the Children publicó su informe Salud mental de niñas, niños y adolescentes en México: evidencia y áreas prioritarias para fortalecer sus entornos protectores (2026). Un dato más para dimensionar: en el grupo de 10 a 14 años, el suicidio es la cuarta causa de muerte a nivel nacional.
Por otro lado, el aumento de la ansiedad, la depresión y el estrés laboral en el mundo es expresión de un dolor que lleva mucho tiempo latente, sin atenderse, escondido debajo de la alfombra “porque de eso no se habla”. Pero, por más que intentemos silenciarlo, ya se volvió estridente.
Esta crisis tiene, además, dos extensiones críticas. Por un lado, el colapso de los sistemas de salud que no están preparados: presupuestos escasos, pocos profesionales especializados y medicación costosa. Por otro lado, sus implicaciones económicas. Hoy, las empresas pierden 1 billón de dólares anuales, de acuerdo con la OMS y la OIT, por causas asociadas al estrés y la ansiedad: ausencias, rotación y menor capacidad de innovación. Se estima que para 2030 esa cifra podría triplicarse. Esto es ya, en cuatro años, a la vuelta de la esquina.
Las causas de esta situación son múltiples: un sistema productivista, el tabú que aún significa hablar de salud mental, la falta de políticas públicas contundentes, barreras culturales y sociales, el mal uso de la tecnología, la salud física y, claramente, las desigualdades económicas, entre otras.
Pero, bajo mi punto de vista, la causa más importante es que no tenemos educación emocional. No tenemos herramientas para gestionar los diversos retos que se nos presentan a lo largo de nuestras vidas.
La urgencia de mirar hacia las aulas
La multiplicidad de causas no permite un abordaje limitado; al contrario, exige una mirada más amplia. Por eso urge cambiar el paradigma: dejar de pensar la salud mental únicamente desde el sistema de salud y desde el tratamiento.
Aquí entran dos ideas clave. La primera es promover el florecimiento humano como un marco más amplio, donde la salud mental es central, pero no el único eje: también importan el propósito, el bienestar financiero (tan presente en las causas de ciertas estadísticas), las relaciones sociales, la salud física y el desarrollo del carácter. La segunda es abordar el problema desde la educación, no solo desde la salud, entendiendo a la educación como una de las principales herramientas para ayudar a las personas a florecer.
Trasladar la psicoeducación del contexto clínico al escolar me parece un abordaje innovador y revolucionario. Y combinarlo con el desarrollo de habilidades socioemocionales desde el aula puede ser muy poderoso. No se trata de convertir las aulas en espacios clínicos y terapéuticos. Es enseñar a identificar, acompañar, gestionar y, por añadidura, eliminar estigmas. En otras palabras: prevenir.
Pero además debemos replantear el modelo tradicional de prevención de riesgos psicosociales, porque ya no nos alcanza. Si bien este modelo suele incorporar herramientas como la educación socioemocional y la psicoeducación cuando ya existe un diagnóstico o la sospecha de uno, hoy necesitamos llevarlas a toda la población. La lógica es simple: si dotamos a las personas de información y herramientas, tendrán más recursos para afrontar los retos de la vida y disminuirán las probabilidades de llegar a sistemas de salud que hoy están saturados o, en muchos casos, ni siquiera existen.
Por supuesto, hay casos en los que intervienen factores que requieren atención médica y clínica. Pero incluso la capacidad de identificar a tiempo esos casos también tiene bases en la educación. Y eso puede salvar vidas.
De esta forma, la prevención deja de ser un tema exclusivamente del Estado para convertirse en algo colectivo. Enseño a cuidarme para cuidar a las y los demás.
Pensar distinto para cuidar mejor
La salud mental no puede seguir siendo una respuesta reactiva; debe ser una política educativa preventiva y colectiva. Invertir en educación emocional es más sostenible y supone una verdadera transformación sistémica, que esperar a que el sistema de salud atienda el colapso.
Formar docentes en estos temas, integrar programas socioemocionales en los currículos, crear protocolos de detección temprana y fortalecer la colaboración entre salud y educación es urgente.
La OCDE, en su informe Education for Human Flourishing (2025), plantea lo siguiente: “¿Y si el verdadero propósito de la educación fuera ayudar a las personas a florecer?”. Sí, sí lo es. La educación es la plataforma más poderosa para impulsar la salud mental y fomentar el florecimiento humano. Y si cambiamos el paradigma, podemos pasar de una educación pensada para la producción a una pensada para el ser.
La educación sí es la panacea, y puede ser la punta de lanza para una humanidad que florece.
*Paola Palazón Seguel es comunicadora especializada en desarrollo de negocios, emprendedora, consultora y conferencista. Lidera iniciativas de innovación social desde la salud mental y la educación, promoviendo la psicoeducación como vía para transformar el futuro.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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