Por Paz Austin
Mi papá era ronero y yo un poquito también. Mi paladar guarda la memoria de las clásicas cubanas “pintaditas” y de esos mojitos a pie de playa cuyo origen se rastrea hasta la época de piratas. Por mi trabajo, he tenido la fortuna de recorrer Panamá, perdiéndome entre alambiques para entender la producción artesanal de este destilado apasionante. Como fanática de la cultura detrás de los espirituosos, siempre busco la historia en cada copa. La historia de lo que bebemos es, en realidad, la historia de lo que se nos ha intentado prohibir: somos una civilización rebelde.
Recientemente llegó a mis manos una botella de ron mexicano-antillano, Mosquito Runner, y con ella, un viaje automático a una época clave para entender la cultura del alcohol hoy en día en el mundo: la Prohibición en Estados Unidos. Las Mosquito Runner fueron las primeras lanchas rápidas que, con motores de avión excedentes de la Gran Guerra, se deslizaban por los bayous de Nueva Orleans cargadas de ron caribeño y bourbons, burlando así a la justicia en un juego del gato y el ratón entre manglares y ríos fronterizos. Seguramente te he traído a la mente algunas escenas de Scooby Doo si es que eres millennial tardío, porque sí, esas lanchas veloces salían repetidamente en la serie animada.
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